En el Día Nacional de la Mujer Policía, la historia de la subteniente Liliana Marcela Leyva Lozano demuestra que los sueños no tienen género y que servir con amor también es una forma de transformar vidas.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Hay sueños que nacen en silencio, crecen entre las dificultades y un día terminan galopando hacia la gloria. Algunos se alimentan de esperanzas; otros necesitan años de sacrificios para florecer. El de Liliana Marcela Leyva Lozano comenzó entre potreros, amaneceres campesinos y caminos de tierra, donde una niña aprendió que la verdadera grandeza no consiste en llegar primero, sino en tener el valor de abrirle paso a quienes vienen detrás.
En El Guamo, Tolima, el campo fue su primera escuela. Allí, entre cultivos, animales y el cariño de sus padres, descubrió la importancia de la humildad, el respeto y la perseverancia. Aquella pequeña, que hoy tiene 32 años, jamás imaginó que sus pasos la llevarían hasta Bolívar para convertirse en la primera mujer carabinera del Departamento de Policía.

Su infancia estuvo marcada por una profunda admiración hacia los uniformados. Cada vez que observaba a un policía, algo especial despertaba en su corazón. No era simplemente el deseo de vestir una prenda institucional, sino la ilusión de dedicar su existencia a proteger a los demás.
En ese recorrido aparecieron dos personas fundamentales: Aurora Trujillo Arias y Uldarico Garcés Valencia, intendentes jefes en uso de buen retiro. Ambos se convirtieron en referentes de disciplina y entrega, sembrando en ella la certeza de que ninguna meta resulta imposible cuando se trabaja con convicción.
Aunque estudió Ingeniería Ambiental, su destino parecía tener otros planes. El amor por la naturaleza convivía con una aspiración que nunca abandonó: portar el cordón de mando y las espuelas de Carabineros. Durante años elevó sus oraciones al cielo, pidiendo una oportunidad para hacer realidad aquel anhelo.
«Desde que ingresé a la institución soñaba con esta especialidad. Hoy entiendo que Dios fue guiando cada paso hasta traerme al lugar donde realmente debía estar. Ser carabinera es mucho más que montar un caballo; es servir con el corazón y proteger la vida en todas sus formas», expresa la oficial.

Pero conquistar ese espacio exigió mucho más que entusiasmo. En una actividad tradicionalmente desempeñada por hombres, debió enfrentar desafíos, superar temores y demostrar que el liderazgo femenino también puede ejercerse con las botas llenas de polvo y las manos firmes sobre las riendas.
Nunca pretendió recibir un trato diferente. Su respuesta estuvo en la preparación, la constancia y el compromiso cotidiano. Así consiguió transformar una aspiración personal en un acontecimiento significativo para las mujeres que integran la institución en territorio bolivarense.
Hoy, cuando recuerda las dificultades superadas, sonríe con la seguridad de quien conoce su propia fortaleza. Una frase resume ese carácter decidido: «Si puedo trabajar con un caballo de más de 450 kilos, no existe reto que me quede grande».
Sin embargo, detrás de esa determinación también habita una sensibilidad especial. Para Liliana, los equinos no son simples compañeros de patrullaje. Representan seres nobles que merecen cuidado, paciencia y respeto. Con ellos ha descubierto que la confianza puede construirse sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Entre tantas experiencias conserva una escena imposible de olvidar. Durante un servicio, una niña con discapacidad se acercó tímidamente para acariciar a su caballo. Al principio hubo incertidumbre, pero bastaron unos instantes para que el rostro de la pequeña se iluminara con una sonrisa.
Aquel encuentro le dejó una enseñanza que ninguna academia podría explicar de la misma manera: la seguridad también se construye mediante gestos de ternura. A veces, una caricia sobre el lomo de un animal consigue acercar a la comunidad más que cualquier discurso.
Fuera de sus responsabilidades conserva la sencillez de sus raíces. Disfruta compartir con sus seres queridos, recorrer nuevos lugares, viajar y encontrar tranquilidad en los paisajes naturales. Su fe continúa siendo ese refugio íntimo al que regresa para agradecer cada oportunidad recibida.
Su trayectoria adquiere un significado especial este 26 de octubre, cuando Colombia conmemora el Día Nacional de la Mujer Policía, una fecha dedicada a reconocer a quienes, con valentía, inteligencia y sensibilidad, contribuyen diariamente a la seguridad y convivencia ciudadana.
La experiencia de esta subteniente también refleja el lineamiento del director general de la Policía Nacional, mayor general Jesús Alejandro Barrera Peña, orientado a consolidar una Policía profesional, protegida y respaldada, donde el talento humano constituye el centro del servicio y cada funcionario debe contar con las condiciones necesarias para desarrollar su misión.
Bajo esa visión institucional, la preparación, el bienestar y el acompañamiento al personal cobran especial importancia. En el caso de Liliana, su historia evidencia el valor de fortalecer las capacidades profesionales, reconocer el liderazgo femenino y promover oportunidades para que más uniformadas puedan desarrollar sus talentos en diferentes especialidades.
Para el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, este ejemplo representa el compromiso de las mujeres que trabajan por una institución más humana y cercana a la ciudadanía.
«La subteniente Liliana Marcela Leyva Lozano demuestra que la vocación, la disciplina y el amor por lo que hace no conocen barreras. Su ejemplo inspira a nuestras mujeres policías y fortalece el compromiso institucional con la comunidad, la protección de los animales y la construcción de una Policía cada vez más cercana a los ciudadanos. Su historia es un orgullo para el Departamento de Policía Bolívar», destacó el oficial.
En esta conmemoración también hay espacio para recordar a las madres que salen de madrugada dejando un beso sobre la frente de sus hijos; a las hijas que extrañan el abrazo familiar; a las esposas que cambian celebraciones por turnos de vigilancia y a tantas servidoras que, detrás de su uniforme, guardan ilusiones, preocupaciones y profundas historias de superación.
Porque ser mujer policía significa mucho más que cumplir una misión. Es aprender a mantener la firmeza sin perder la dulzura, enfrentar la adversidad sin renunciar a la esperanza y comprender que cada ciudadano atendido representa una oportunidad para sembrar confianza.
Liliana pertenece a esa generación que no espera encontrar todos los caminos construidos. Prefiere recorrerlos, aun cuando estén llenos de obstáculos, para demostrar que el coraje también tiene rostro femenino y que la sensibilidad jamás será contraria a la autoridad.
Quizá mañana, cuando otras jóvenes ajusten sus espuelas y emprendan sus primeros patrullajes, alguien les cuente que hubo una muchacha nacida entre los sembrados del Tolima que se atrevió a desafiar las costumbres y dejó su huella en Bolívar.
Y entonces comprenderán que aquella niña campesina no solo aprendió a dominar las riendas de un caballo. También consiguió conducir su propio destino, llevando como equipaje la fe, la perseverancia y una vocación que jamás se rindió. Porque existen mujeres que pasan por la vida dejando recuerdos. Otras, como Liliana, dejan caminos abiertos para que nuevas generaciones puedan cabalgar hacia sus sueños.







