Uribe, Petro y las bodegas: la pelea que destapó la doble moral

Por: Jaime Guzmán

No es extraño que en cualquier mando político —izquierda, derecha o centro— existan bodegas digitales.
Lo verdaderamente extraño es que todavía se actúe frente a cámaras y micrófonos como si fueran un mito.

El florero que terminó de romper esa fachada fue reciente y concreto: la viralización de audios y videos de una estrategia política ligada al Centro Democrático, donde se hablaba abiertamente de bodegueros, coordinación en redes y ataques digitales.
No fue una acusación abstracta.
No fue un rumor.
Fue material público que detonó el debate nacional.

¿Fue accidental? Todo indica que sí.
¿Un error de cálculo? Probablemente.
¿Justificable? Ahí empieza la pelea.

Para algunos, se trata simplemente de “política moderna”. Para otros, de una práctica reprochable.
Pero el hecho es uno solo: quedó en evidencia algo que durante años se negó.
El problema nunca fue la existencia de las bodegas —porque todos saben que existen—, sino el discurso de superioridad moral con el que se señalaba a los demás mientras se hacía exactamente lo mismo.

Tras la polémica, el presidente Gustavo Petro reaccionó sin rodeos.
Su mensaje fue claro y quedó registrado en declaraciones públicas: ellos nunca negaron la confrontación digital.
Según Petro, a su movimiento “le daban duro” en redes, y lo que hicieron fue responder políticamente en ese mismo escenario.

No habló de pureza.
Habló de realidad.

Para el presidente, el verdadero escándalo no es la estrategia, sino la hipocresía de quienes negaron durante años lo que hoy quedó al descubierto.

Del otro lado, Álvaro Uribe y el Centro Democrático ofrecieron su explicación:
no se trata de bodegas pagadas, sino de activismo ciudadano espontáneo.

Uribe afirmó que no ordena ataques, que no dirige campañas digitales y que su nombre es utilizado por seguidores que actúan por convicción propia.
La defensa fue inmediata: deslindarse de responsabilidades directas y presentar el fenómeno como apoyo orgánico, no como maquinaria.

Y es aquí donde aparece la doble moral.

Mientras unos dicen: “sí, dimos la pelea”,
otros insisten: “no, eso no existe”,
aunque los audios y videos digan lo contrario.

Mientras Petro reconoce la guerra digital como parte del juego político contemporáneo,
el uribismo insiste en que lo suyo es solo fervor ciudadano.

Dos narrativas enfrentadas.
Un mismo campo de batalla: las redes sociales.

Entonces la pregunta ya no es si hubo bodegas.
Eso quedó claro.

La pregunta incómoda es otra:
¿Quién engaña a quién?
¿El político que reconoce el uso de estas estrategias?
¿O el que las niega… hasta que el florero se rompe en público?

Porque mientras se disputan la verdad,
el pueblo sigue atrapado entre discursos cruzados, indignaciones selectivas y memorias cortas.

Se señala al presidente actual.
Se idealiza al anterior.
Se habla de moral.
Pero se practica conveniencia.

Al final, la pelea no es por una mejor democracia.
Es por el control del poder: Uribe o Petro, derecha o izquierda.

Y en medio, una ciudadanía que muchas veces termina creyendo que todavía existen santos en la política.

De ahí que la invitación siga siendo la misma:
votar por convicción y no por bodegas,
por criterio y no por rabia.

Ningún político va a salvar al país.
El cambio empieza cuando dejamos de repetir la historia, cuando rompemos la cadena de la dependencia política y entendemos que gobernar también es un acto cotidiano, desde la casa, la familia y la conciencia.

Porque florero ya hubo.
Las mentiras quedaron expuestas.

Ahora falta ver si el país aprende…
o si vuelve a barrer los vidrios debajo de la alfombra.

Economía y Finanzas

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