La decisión genera un debate importante. El Gobierno de Abelardo de la Espriella levantó mediante el Decreto 1368 del 8 de septiembre la suspensión general de los permisos para el porte de armas de fuego, pero esto no significa que se haya autorizado el porte libre o indiscriminado. Los permisos individuales que estén vigentes recuperan su eficacia, mientras continúan los requisitos, restricciones y controles establecidos por la ley.
A favor de la medida, el Gobierno sostiene que los ciudadanos que cumplen la ley no deberían quedar en desventaja frente a delincuentes que portan armas ilegalmente. En ese sentido, la decisión busca devolver capacidad de defensa a quienes ya cuentan con autorización legal.
Pero también existen riesgos que deberían vigilarse de cerca: un mayor número de armas legales en circulación puede aumentar las posibilidades de accidentes, conflictos que escalen a violencia o desvío de armas hacia terceros. Por eso, en mi opinión, el punto clave no es únicamente levantar la suspensión, sino garantizar controles rigurosos sobre quién puede portar un arma, mantener verificaciones de antecedentes y actuar con firmeza ante cualquier incumplimiento.
Además, es importante no confundir porte legal con libre porte. El decreto establece expresamente que no crea nuevos derechos ni modifica los requisitos y controles previstos en la legislación colombiana.
La pregunta de fondo es:
¿esta medida fortalece la seguridad de los ciudadanos que cumplen la ley o aumenta los riesgos de violencia y accidentes?
Esa es precisamente la discusión que ahora deberá darse con cifras y resultados concretos.

