Barranquilla enfrenta una decisión que podría marcar su desarrollo durante las próximas décadas: continuar apostándole a la modernización del aeropuerto Ernesto Cortissoz o comenzar a estudiar la construcción de una nueva terminal aérea con capacidad para responder al crecimiento de pasajeros, carga y conexiones internacionales.
El debate toma fuerza luego de que el Cortissoz registrara más de 3 millones de pasajeros durante 2025, mientras que la propuesta de modernización actualmente planteada contempla inversiones cercanas a los $3,1 billones.
La pregunta que comienza a tomar espacio entre sectores empresariales y ciudadanos es si vale la pena concentrar semejante inversión en una infraestructura existente o si esos recursos podrían hacer parte de un proyecto más ambicioso: un aeropuerto concebido desde cero para las necesidades de Barranquilla y el Caribe durante las próximas décadas.
Una nueva terminal permitiría planificar desde el inicio mayores áreas para pasajeros y carga, accesos viales más eficientes, plataformas, zonas logísticas y espacios destinados a futuras ampliaciones.
Pero eso no necesariamente significaría abandonar el Cortissoz.
Se recuerda que el desarrollo de la infraestructura del Aeropuerto Internacional Ernesto Cortissoz que sirve a Barranquilla se ha gestionado mediante importantes inyecciones presupuestales tanto públicas como proyectadas bajo alianzas privadas.
Tras el fin de la anterior concesión y la retoma de la operación por parte de la Aeronáutica Civil en septiembre de 2024, el Gobierno Nacional inicialmente trazó una ruta de inversión de $149.673 millones de pesos proyectada hasta 2026 para garantizar el mantenimiento básico, la climatización y la operación de la terminal. A esta cifra inicial se le sumó un plan de choque en mayo de 2026 liderado por la Aerocivil, consistente en una inyección adicional cercana a los $300.000 millones de pesos destinados a mitigar riesgos operacionales y culminar obras críticas como el muelle internacional, complementado por adiciones específicas de $11.000 millones de pesos para optimizar el corredor estéril y las salas de equipaje.
Finalmente, con miras al mediano y largo plazo, la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) avanza en la estructuración de la Iniciativa Privada Puerta de Oro, un megaproyecto bajo el modelo de Asociación Público-Privada (APP) que estima una inversión masiva de $3,1 billones de pesos. Esta millonaria propuesta busca ejecutar una expansión integral que modernice por completo la terminal de pasajeros, optimice las pistas de aterrizaje y potencie las capacidades de carga del aeropuerto para el beneficio de toda la región Caribe.
La actual terminal podría tener una segunda oportunidad dentro de una estrategia aeroportuaria más amplia. Su infraestructura podría orientarse, por ejemplo, hacia operaciones de carga, mantenimiento aeronáutico, aviación ejecutiva, servicios especializados o incluso desarrollos empresariales vinculados al sector aeronáutico.
El escenario regional también empieza a pesar en la discusión.
Cartagena avanza con el proyecto del nuevo aeropuerto de Bayunca, concebido para reemplazar y ampliar la capacidad del Rafael Núñez y con una proyección que podría alcanzar hasta 17 millones de pasajeros.
Ante esa perspectiva, Barranquilla tendría que preguntarse qué papel quiere jugar en el mapa aeroportuario del Caribe.
La discusión, por tanto, podría superar la tradicional pregunta sobre cuánto cuesta modernizar el Cortissoz. El interrogante de fondo sería qué infraestructura necesita Barranquilla para competir por pasajeros, carga y conexiones internacionales durante los próximos 30 o 40 años.
La vocación industrial, portuaria y logística de la ciudad abre la posibilidad de pensar en un aeropuerto que no dependa exclusivamente del tráfico de pasajeros, sino que pueda convertirse en una plataforma para carga aérea, comercio exterior y conexiones con otros mercados.
Un eventual nuevo aeropuerto también tendría que resolver asuntos fundamentales: ubicación, conectividad terrestre, costos, financiación, impacto ambiental, relación con los municipios del área metropolitana y, especialmente, qué ocurriría con el Cortissoz.
Por eso, más que una discusión entre aeropuerto viejo y aeropuerto nuevo, el debate podría convertirse en una oportunidad para diseñar una estrategia aeroportuaria de largo plazo para Barranquilla y el Caribe.
El reto está en determinar si la ciudad debe seguir adaptando su terminal actual al crecimiento que viene o si llegó el momento de comenzar a imaginar una infraestructura completamente nueva.
La decisión no solo comprometería recursos públicos y privados. También definiría la capacidad de Barranquilla para consolidarse como uno de los principales centros logísticos y de conectividad internacional de la región.

