La canción que se le voló de las manos a Escalona

“La vieja Sara” comenzó a recorrer La Provincia antes de que Rafael Escalona pudiera terminar de corregirla. Gabriel García Márquez dejó contada aquella historia de parrandas, memoria y acordeones.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Antes de que el vallenato conociera de disqueras, plataformas digitales y canciones estrenadas a medianoche, en La Provincia existía una manera más efectiva de pegar un canto: soltarlo en una parranda. Si la melodía era buena, al amanecer alguien la estaba silbando; si los versos gustaban, por la tarde ya habían cruzado el pueblo; y si la canción era de esas que nacían con estrella, podía ocurrirle al compositor la peor de las desgracias: que cuando quisiera corregirla ya todo el mundo se la supiera. A Rafael Escalona Martínez le ocurrió. Y entre quienes dejaron memoria de aquella historia estuvo otro gran contador de historias del Caribe: Gabriel García Márquez.

Corría 1944. Escalona era todavía un muchacho que comenzaba a descubrir que para componer no necesitaba inventarse grandes tragedias. Le bastaba mirar alrededor. Los amigos, las mujeres, los viajes, las noticias, los amores y las parrandas terminaban metidos en sus versos. La Fundación Rafael Escalona ubica La vieja Sara entre aquellas primeras composiciones de su juventud. Con los años ese muchacho de Patillal convertiría sus canciones en una especie de periódico cantado de La Provincia: lo que otros escribían en una libreta, él lo acomodaba en una melodía.

Pero Sara no salió de la imaginación del compositor. Se llamaba Sara María Baquero Salas, había nacido en 1892 y estuvo ligada a El Plan, población de La Guajira enclavada en ese viejo territorio cultural donde las fronteras importaban menos que los caminos de las parrandas. Era una mujer conocida por su carácter, su hospitalidad y su cercanía con músicos y compositores. También verseaba, bailaba y participaba de aquel universo en el que una visita podía comenzar con un café y terminar, quién sabe a qué hora, con un acordeón abierto en mitad de la sala.

Y como si eso fuera poco, Sara fue madre de Emiliano Zuleta Baquero, el legendario “Viejo Mile”, compositor de La gota fría, y de Antonio “Toño” Salas, otro nombre ligado a la música de aquella región. A su alrededor se movían personajes que después serían fundamentales para la historia vallenata. Por su casa pasaron Escalona, Poncho Cotes Queruz, Andrés Becerra y otros amigos de esas familias que prácticamente vivían entre visitas, versos y parrandas. Allí nadie necesitaba invitación impresa: bastaba llegar con ganas de conversar y, si alguno cargaba acordeón, mejor todavía.

d269d35e b824 4d4d 9662 c928b0699585

Escalona conocía bien a aquella mujer y a su familia. Por eso cuando comenzó a cantarle no estaba construyendo un personaje desde lejos, sino retratando a alguien de su propio mundo. Hasta Poncho Cotes quedó mencionado dentro del universo del canto. Aquello era justamente lo que Rafael hacía mejor: agarraba personas verdaderas, situaciones aparentemente pequeñas y conversaciones comunes y las convertía en canciones. De esa manera, hombres y mujeres que probablemente habrían quedado apenas en el recuerdo de sus familias terminaron viviendo para siempre en la memoria del vallenato.

e99df14e bc5c 4a02 be34 bedb52afd146

La parte más sabrosa de la historia ocurrió durante unos carnavales. Gabriel García Márquez contó que estaba presente cuando Escalona comenzó a mostrar La vieja Sara. El canto todavía podía recibir modificaciones. Rafael lo silbó delante de un acordeonero que se encontraba en aquella parranda y ocurrió una de esas cosas que ayudan a entender cómo funcionaba el vallenato antes de los estudios de grabación: el hombre puso cuidado y guardó la melodía en la cabeza. Nada de grabadoras de bolsillo, teléfonos celulares ni mensajes de voz. Había que tener oído. Y aquel acordeonero lo tenía.

Le bastó escucharla para salir con el canto aprendido. Hoy semejante cosa puede sonar a exageración de parranderos, pero así sobrevivió durante mucho tiempo buena parte del vallenato primitivo. Los músicos cargaban canciones enteras en la memoria. Escuchaban un paseo en una casa, lo repetían más adelante y cuando llegaban al siguiente pueblo ya llevaban consigo una noticia musical. Un acordeonero podía escuchar un canto por los lados de Patillal, llevarlo hasta Villanueva y de allí otro músico mandarlo rumbo a La Guajira. El acordeón era la emisora, el músico hacía de locutor y la parranda servía de estudio de grabación.

Después de aquella parranda, Escalona emprendió viaje entre Villanueva y Valledupar. En el camino sufrió un accidente que, aunque no terminó en tragedia, sí lo obligó a apartarse durante algunos días del jolgorio carnavalero. Rafael quedó temporalmente fuera de circulación. La canción, en cambio, siguió perfectamente saludable. Mientras su autor se recuperaba, aquel acordeonero comenzó a tocar la versión que había aprendido de oído.

9a62f318 f3b5 4cae 8db1 d07c187207a5

Y La vieja Sara cogió camino. Sonó en una parranda y alguien se la llevó para otra. Después apareció en otro pueblo y de allí brincó al siguiente. Debió propagarse como se propagaban los buenos chismes de La Provincia: nadie sabía exactamente quién había sido el primero en contarlo, pero a los pocos días todo el mundo conocía hasta los detalles. García Márquez recordaría que aquella composición terminó convertida en uno de los cantos populares de esos días. Cuando Escalona volvió a encontrarse con su criatura, la criatura ya andaba sola.

Entonces quiso corregirla. Tal vez una palabra, posiblemente un verso, quién sabe si alguna vuelta de la melodía. Pero ahí fue donde descubrió que había llegado tarde. Los acordeoneros ya tenían aquella primera versión metida en la cabeza y cambiar una canción aprendida de memoria era casi como intentar corregir un cuento después de que hubiera recorrido medio pueblo. Imagínese usted a Escalona diciendo que ese verso no era así y al acordeonero contestándole con los fuelles lo contrario. El compositor podía reclamar la paternidad, claro está, pero el pueblo ya había adoptado a la muchacha.

Aquello explica mucho de cómo se construyó el vallenato que hoy llamamos clásico. Las canciones viajaban sin papeles, contratos ni propietarios persiguiéndolas. Y en ese viaje podían cambiar. Una palabra mal escuchada terminaba reemplazada por otra; aparecía un verso nuevo; algún acordeonero modificaba una vuelta sin proponérselo. El canto iba pasando de oído en oído, por caminos polvorientos, encima de bestias, en los carros que comunicaban aquellos pueblos o simplemente dentro de la cabeza de un músico. Era una tradición oral en toda regla.

Con los años también creció la dimensión de aquella vieja Sara que Escalona había convertido en canción. Sara María Baquero terminó siendo reconocida como matriarca de una familia fundamental para el vallenato. De su hijo Emiliano vendrían Tomás Alfonso “Poncho” Zuleta Díaz y Emiliano Zuleta Díaz, “Emilianito”, continuadores de una dinastía que llevaría el apellido Zuleta por festivales, grabaciones y escenarios. Sara murió en 1975, pero para entonces ya tenía asegurada una segunda vida: la que Rafael Escalona le había regalado dentro de una canción.

Han pasado más de ocho décadas. Muchas de aquellas casas parranderas desaparecieron, las carreteras acortaron las distancias y hoy una canción puede darle la vuelta al mundo antes de que termine el desayuno. Pero La vieja Sara continúa regresando cada vez que alguien busca las raíces del vallenato. Y resulta bonito pensar que todo comenzó sin estrategia publicitaria, lanzamiento oficial ni campaña de expectativa: Escalona soltó una melodía en una parranda, un acordeonero la guardó en la memoria y, cuando el compositor quiso alcanzarla para corregirla, ya era tarde. La canción se le había volado de las manos y andaba, como buena vallenata, parrandeando por los pueblos de La Provincia.

Economía y Finanzas

[td_block_14 sort="popular7" custom_title="👀 Lo + Visto" block_template_id="td_block_template_4" header_color="#129141"]

📢 Último Minuto