El eco de su inolvidable grito, «¡No, no, no, no!», se ha transformado en un silencio respetuoso para la cultura latinoamericana. Pedro Rodríguez Navarro, conocido y aplaudido por generaciones como Perucho Navarro, falleció a los 85 años en Galicia, España. Su hijo, Alex Navarro, confirmó la noticia, señalando que el legendario intérprete partió rodeado del calor familiar tras batallar con las secuelas de un accidente cerebrovascular.
Con su partida, la época dorada de las grandes orquestas venezolanas pierde a uno de sus directores de orquesta vocales más carismáticos.
Del teatro a la gloria tropical
Nacido en la Venezuela de 1943, el destino de Perucho siempre estuvo ligado al espectáculo. Aunque sus primeros pasos en los años sesenta coquetearon con las tablas del teatro y las pantallas de televisión, el ritmo caribeño terminó por reclamarlo. Agrupaciones como Anguera y sus Muchachos y la orquesta de Carlos Torres fueron el preludio de lo que sería un salto definitivo a la inmortalidad musical.
El punto de inflexión en su carrera llegó cuando el maestro Renato Capriles lo reclutó para las filas de Los Melódicos. Durante 15 años dorados, la voz de Navarro fue el motor de la orquesta, haciendo una dupla inolvidable con figuras de la talla de Verónica Rey y Víctor Piñero. Más tarde, agrupaciones como La Playa y La Tremenda también tuvieron el lujo de contar con su talento.
Un legado que puso a bailar al continente
A Perucho Navarro no solo se le recuerda por su potente voz, sino por su capacidad para contagiar alegría. En su voz cobraron vida clásicos infaltables de las fiestas decembrinas y las verbenas latinoamericanas, tales como:
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“¡Ay! Qué susto”
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“El camello”
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“El año viejo”
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“El gavilán pollero”
Su sello personal no era solo la afinación, sino esa sabrosura caribeña que lograba meterse en el ADN del bailador con solo pronunciar una frase.
El maestro supo cuándo retirarse con honores. Fue en 2023, bajo las luces de la Feria de las Flores de Medellín, donde ofreció su último concierto tras más de seis décadas de entrega absoluta a los escenarios. Hoy, la música tropical llora su ausencia física, pero sus canciones quedan grabadas para siempre en la memoria sonora del continente.

