¿qué está pasando con Colombia?
Por César Botero
La exaltación de figuras vinculadas a la violencia en redes sociales revela una crisis que va más allá de la seguridad: también habla de los valores, la memoria de las víctimas y los referentes que estamos construyendo.
Hubo un tiempo en Colombia en el que, cuando hablaban los viejos, los demás guardaban silencio. No porque aquella generación fuera perfecta, sino porque existía algo que hoy parece cada vez más escaso: respeto por la experiencia, por la palabra y por unos valores que servían como límites para la convivencia.
Hoy el panorama es diferente. Las redes sociales se han convertido en una vitrina donde todo parece tener cabida. Allí vemos violencia convertida en espectáculo, delincuentes convertidos en personajes, dinero obtenido de manera ilícita presentado como éxito y personas señaladas por hechos criminales rodeadas de admiración.
Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿en qué momento comenzamos a confundir el miedo con respeto y el poder criminal con grandeza?
Lo ocurrido recientemente en Riohacha y La Guajira vuelve a poner el dedo en una herida que Colombia no ha logrado cerrar. En redes han circulado imágenes y videos de caravanas y expresiones de exaltación alrededor de la muerte de Bendito Menor, una figura asociada públicamente con estructuras armadas y hechos de violencia en la región.
Más allá de las responsabilidades que correspondan determinar a la justicia, resulta imposible ignorar el mensaje que puede producir una celebración alrededor de una persona señalada por su relación con la violencia.
Recuerdan las amenazas. Recuerdan las extorsiones. Recuerdan el miedo. Recuerdan a quienes tuvieron que abandonar sus hogares. Recuerdan a quienes perdieron familiares. Recuerdan una Sierra Nevada golpeada durante años por diferentes actores armados.
¿Dónde quedan esas víctimas cuando el victimario termina convertido en ídolo?
La sociedad que estamos construyendo
Este no es solamente un problema de La Guajira. Tampoco es exclusivamente un problema de las redes sociales. Es un problema cultural que debería preocuparnos como sociedad.
Durante décadas Colombia ha intentado combatir las organizaciones criminales con policías, soldados, fiscales y jueces. Pero existe otra batalla, mucho más silenciosa: la batalla por impedir que la violencia sea presentada como una forma legítima de alcanzar reconocimiento.
Porque cuando un joven ve en internet a un delincuente rodeado de lujos, seguidores, vehículos y admiración, puede terminar recibiendo un mensaje perverso: que el camino rápido hacia el reconocimiento no está necesariamente en estudiar, trabajar, emprender, practicar un deporte o servir a los demás, sino en acumular poder, dinero y miedo.
Ese es el verdadero peligro.
No podemos permitir que quien construyó su nombre sobre el sufrimiento de otros termine siendo presentado como ejemplo. Colombia necesita recuperar sus referentes. Necesita volver a hablar de científicos, profesores, deportistas, artistas, trabajadores, empresarios honestos, líderes comunitarios y ciudadanos que todos los días construyen país sin disparar un arma, sin extorsionar a nadie y sin sembrar terror.
También corresponde a las familias preguntarse qué están viendo nuestros hijos. A los colegios, qué valores están transmitiendo. A los medios, cómo contamos estas historias. Y a quienes utilizan las redes sociales, qué tipo de contenido están ayudando a convertir en viral.
No se trata de censurar las opiniones ni de desconocer la libertad de expresión. Se trata de algo mucho más sencillo y profundo: no convertir el crimen en motivo de admiración.
No podemos olvidar a las víctimas
Colombia ha vivido demasiadas décadas de violencia como para aceptar que la memoria colectiva termine siendo reemplazada por videos de TikTok, caravanas, fotografías y homenajes.
El dolor de las víctimas no puede desaparecer porque las redes decidieron convertir a un personaje en tendencia. Una sociedad que olvida a quienes sufrieron y glorifica a quienes sembraron miedo corre el riesgo de repetir su propia historia.
Por eso, el debate no debería ser solamente quién murió, quién lo homenajeó o qué ocurrió en una determinada caravana. La pregunta verdaderamente importante es qué clase de sociedad estamos construyendo.
Porque si ser delincuente comienza a otorgar más reconocimiento que ser una persona honesta; si el miedo empieza a confundirse con respeto; si el dinero ilícito se convierte en símbolo de éxito y si las víctimas terminan siendo invisibles, entonces el problema ya no es únicamente la criminalidad.
Es una crisis moral.
Quizás sea hora de recuperar aquella vieja costumbre: cuando los mayores hablaban, los demás escuchaban. No para regresar al pasado, sino para recordar algo que nunca debimos perder: que una sociedad sin valores puede tener tecnología, dinero y poder, pero difícilmente tendrá un futuro digno.

