Compae Chipuco: el hombre que terminó metido en un vallenato

Antonio Guerra Bullones cargaba agua en burro por las calles del viejo Valledupar. El ruido de los calambucos le regaló un apodo y Chema Gómez hizo el resto: lo convirtió en personaje eterno del folclor vallenato.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

En aquellos tiempos Valledupar todavía podía recorrerse sin semáforos, sin trancones y casi sin afán. Por sus caminos polvorientos andaba un hombre detrás de un burro cargado con dos calambucos de agua. Con el movimiento de la bestia aquello parecía cantar: chipu, chipu, chipu. Y como en el Caribe un buen apodo puede resultar más resistente que una cédula, Antonio Guerra Bullones terminó convertido para siempre en Compae Chipuco.

Había nacido en Las Palomas, en jurisdicción de San Juan del Cesar, La Guajira, por la década de 1870. Siendo joven agarró camino hacia Valledupar y trabajó como aguatero para la familia Castro. Su oficio era sencillo pero indispensable: buscar agua en el río y llevarla hasta las casas cuando abrir una llave y esperar un chorro todavía parecía un invento del futuro.

Chipuco no necesitó ser rey vallenato ni tener una voz prodigiosa para convertirse en personaje. Tenía algo que en estas tierras a veces vale más: sabía hacerse recordar. Era conversador, dicharachero, usaba sombrero alón y cargaba encima suficientes historias como para mantener entretenida una parranda hasta que cantaran los gallos.

Se casó con Carmen Arzuaga y siguió guerreando con la vida. Ella tuvo una fonda de comidas y él trabajó una parcela a orillas del Guatapurí, donde cultivaba productos para ayudar al sustento familiar. Después la familia llegó a tener un salón de baile de fines de semana llamado “La Academia”. El nombre parecía de colegio fino, pero allí nadie iba a presentar examen: el que entraba era a bailar.

Hasta que en el camino de Chipuco apareció un hombre capaz de reconocer una canción antes de que existiera. Era José María “Chema” Gómez Daza, odontólogo nacido en Fonseca y compositor de vena costumbrista. En uno de sus viajes quiso conocer a aquel personaje del que tanto se hablaba en Valledupar. Su amigo Ney Daza lo llevó hasta la parcela cercana al Guatapurí y allí ocurrió el encuentro.

A Chema le bastó conversar con aquel viejo pintoresco para descubrir que tenía delante un vallenato esperando que alguien lo escribiera. De aquel encuentro nació “Compae Chipuco”, composición de José María “Chema” Gómez Daza. El compositor tomó las ocurrencias y características de Antonio Guerra Bullones y las convirtió en uno de esos retratos musicales que solamente sabe hacer el vallenato.

Y entonces apareció el verso que terminó de volverlo inmortal: “Me llaman compae Chipuco / y vivo a orillas del río Cesar / soy vallenato de verdad”. Después venían sus famosas “patas pintás”, el sombrero y otras señas de aquel personaje. Era prácticamente una fotografía de Chipuco, solo que tomada con versos y acompañada de acordeón.

Las famosas “patas pintás” también tenían su historia. Investigaciones sobre el personaje las relacionan con el carate, una afección de la piel que producía manchas visibles. Chema tomó aquella particularidad y la metió en la canción. Así funcionaba el vallenato viejo: cualquier detalle de la vida cotidiana podía terminar convertido en verso.

Después ocurrió lo que solamente consigue una buena canción: Chipuco comenzó a viajar sin necesidad de montar en burro. El paseo atravesó generaciones y fue interpretado por distintas voces del vallenato. Entre ellas aparecen las de Diomedes Díaz y Carlos Vives, que ayudaron a mantener viva la historia de aquel hombre que alguna vez recorrió Valledupar cargando agua.

Antonio Guerra Bullones murió en Valledupar en 1962, pero al final pasó algo maravilloso: murió Antonio y quedó vivo Compae Chipuco. Todavía regresa cada vez que suena el paseo de Chema Gómez Daza. Y quizás, si uno escucha con cuidado entre caja, guacharaca y acordeón, pueda sentir nuevamente aquellos calambucos sobre el burro: chipu… chipu… chipu…. Quién iba a imaginarlo: salió tantas veces a buscar agua al río y terminó encontrando, sin proponérselo, la inmortalidad.

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