Por Ulises Redondo Cienfuegos
El dolor es el tornillo que penetra materiales en producción y une humildes carnes en amor paternal.
Es el cemento que fragua, por amor, también. Es el clavo que penetra en la madera, por amor, también.
La llave que aprieta el tornillo, el palaustre que moldea el cemento, el martillo que hunde al clavo se mueven en mil maniobras por el esfuerzo del obrero que suspira cuando cae la última gota de sudor. Hasta el cansancio que es dolor.
El obrero lleva el dolor convertido en pan a la mesa y, ése dolor se trastoca en amor que alimenta a sus crías con el dolor de la jornada que irrespeta el cansancio, para calmar el hambre que también es dolor. Lloran por dolor, se alimentan de dolor.
Un pan que tal vez el mismo produce y entre más dolor más pan y entre más pan, más ganancias para el patrón.
El albañil lleva el dolor convertido en pan, a la mesa. Y entre más dolor, más casas construidas, más edificios que no habitarán sus hijos, porque sin el dolor que mueve a las máquinas el patrón moriría de dolor.
El patrón también lleva el más fino pan a la mesa sin mayor esfuerzo. Ama a sus hijos y sus hijos a él, también, pero a ése amor lo sostiene el dolor.
Porque el esfuerzo está en el pan y en el pan está el dolor el dolor está en el concreto de gigantes edificios que invaden el silencio, el dolor está en la cama dónde duerme el patrón, en la mesa donde cena, en el baño donde se ducha, en el auto que conduce, sin mayor esfuerzo.
Sin dolor no hay amor. Con dolor trabaja el obrero, por amor a sus crías ¡Increíblemente, ama al patrón, la causa de su dolor!
Todo se vende, todo se compra, se compra la vida de los obreros, para disolverla gota a gota en ácido capital.
En cada plaza del mercado global en donde se exhibe el dolor, se compra dolor pagado con dolor.

