En Colombia, las calles se llenan un día de marchas, al siguiente de escándalos, y entre tanto la polarización se afianza como parte del paisaje político. Para algunos, se trata de la expresión legítima de una democracia viva; para otros, de un guion repetitivo que termina funcionando como el más eficiente de los distractores.
Mientras la atención pública se concentra en la confronta ideológica y los titulares se llenan de controversias efímeras, la corrupción —esa patología endémica del país— avanza sin freno, amparada en el ruido y el desgaste ciudadano.
Analistas advierten que este ciclo de indignación fugaz y olvido inmediato es el caldo de cultivo perfecto para que redes de poder y estructuras corruptas operen a plena luz del día, sin que la rendición de cuentas sea prioridad en la agenda nacional.

