Cuarenta años después de «Sin medir distancias», la obra de Gustavo Gutiérrez Cabello sigue demostrando que las grandes canciones nacen cuando el corazón encuentra en la poesía el único camino para sobrevivir al dolor.
Por: Emilio Gutiérrez Yance
Hay heridas que jamás aceptan el olvido. Permanecen silenciosas, escondidas en algún rincón del alma, hasta que una guitarra las despierta o un acordeón les devuelve la voz. Así ocurrió hace cuarenta años cuando Gustavo Enrique Gutiérrez Cabello transformó un desamor en una de las páginas más hermosas del vallenato romántico. Aquella inspiración terminó llamándose «Sin medir distancias», y desde entonces comenzó un viaje del que nunca regresó porque encontró refugio en el corazón del pueblo.
Después llegó la voz inconfundible de Diomedes Díaz y el acordeón magistral de Gonzalo ‘El Cocha’ Molina para darle vida a una obra donde cada verso parecía escrito con lágrimas. No era simplemente una canción. Era la confesión de un hombre que entendió que el dolor también puede convertirse en poesía cuando encuentra el camino correcto.
«La herida que siempre llevo en el alma no cicatriza…». Aquella frase no era una licencia del compositor. Era la verdad desnuda de un sentimiento que se negaba a desaparecer. En esos versos quedó resumida una historia donde el amor, la ausencia y la esperanza caminaron siempre por la misma vereda.
Gustavo Gutiérrez nunca escribió para seguir una moda ni para conquistar el éxito. Sus canciones nacían cuando el silencio le hablaba más fuerte que las palabras. Cada composición llevaba el sello de una experiencia vivida, de una nostalgia guardada o de un recuerdo que insistía en regresar.
Antes de que el acordeón pronunciara la primera nota de «Sin medir distancias», ya existía una historia marcada por el sufrimiento. La melodía solo terminó de vestir unos sentimientos que durante mucho tiempo permanecieron escondidos entre los pliegues del corazón.
Con los años, el compositor reconocería que cada canción llevaba una parte de su propia existencia.
«Mis canciones las vivía y ese sentimiento lo transmitía para que se quedaran en el alma del folclor y no tuvieran fecha de vencimiento», confesó convencido de que la verdadera inspiración jamás nace de la imaginación, sino de las experiencias que dejan huellas.
Muchas veces, sentado bajo el viejo palo de mango de la plaza Alfonso López de Valledupar, donde aprendió a conversar con la vida y con los recuerdos, Gustavo regresaba en silencio al origen de aquella herida. Allí comprendió que las distancias no siempre se miden en kilómetros; algunas se cuentan por los abrazos que nunca volvieron, las palabras que quedaron pendientes y los sueños que el tiempo no alcanzó a cumplir.
Cuando la inspiración decidió hacer una pausa
En 2009, Gustavo Gutiérrez Cabello tomó una decisión inesperada. Después de que Jorge Celedón grabara «No pido más», resolvió guardar el lápiz con el que durante décadas escribió algunas de las páginas más sensibles del vallenato.
No fue un adiós impulsivo. Fue una determinación nacida de la reflexión.
«Llegué a la conclusión de que el vallenato romántico y lírico estaba pasando a un segundo plano. Era mejor dar un paso al costado y seguir llevando el mensaje de mis canciones en cada escenario donde todavía las interpreto», explicó.
Su despedida de la composición también quedó escrita en versos que parecen resumir toda una vida: «Solo le pido a la vida que me dé felicidad y que mi conciencia duerma siempre tranquila».
El aplauso más valioso
Entre todas sus composiciones hay una que resume el verdadero premio que recibió como compositor: «El cariño de mi pueblo», grabada por Jorge Oñate y Juancho Rois en 1985.
Allí no habló del desamor ni de las despedidas. Prefirió agradecer el afecto de la gente, el abrazo de los amigos y la fortuna de haber encontrado un lugar permanente en la memoria musical de Colombia.
«El que toda la gente me quiera es un placer que me da la vida…», escribió con la sencillez que siempre caracterizó su obra.
Hoy, cuatro décadas después de «Sin medir distancias», Gustavo Gutiérrez Cabello sigue demostrando que el tiempo podrá envejecer las voces, cambiar las generaciones y transformar el folclor, pero nunca podrá borrar una canción escrita con el corazón.
Porque las heridas quizá terminen cicatrizando, pero la buena poesía tiene el privilegio de permanecer abierta para siempre en la memoria de quienes alguna vez la hicieron suya.

