La luna que convirtió un amor en un clásico vallenato

Rosendo Romero revela la historia de «Luna de junio», una canción nacida entre la rebeldía del amor, la poesía y una noche que nunca dejó de iluminar su memoria.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Aquella luna de junio que parecía negarse a dormir porque el sol tardaba en despertar fue la misma que una noche encontró frente a frente a Rosendo Romero Ospino. El joven compositor levantó la mirada, dejó que el silencio hablara por él y sintió que aquella luz plateada también podía escribir canciones. Desde entonces entendió que algunas lunas no solo iluminan los caminos: también alumbran el corazón de los soñadores.

En los arreboles del sentimiento, ‘El Poeta de Villanueva’ comenzó a bordar versos con la delicadeza de quien conoce el lenguaje del amor. A cada palabra le puso melodía, esperanza y nostalgia, convencido de que la música era capaz de espantar las penas y conservar vivos los recuerdos cuando el tiempo insistiera en borrarlos. Así nació «Luna de junio», una de las obras más emblemáticas del vallenato romántico.

Cuando terminó de componerla, quiso conocer la reacción de quienes mejor entendían el valor de una buena canción. Se la interpretó a su hermano Israel Romero y a Rafael Orozco, integrantes de El Binomio de Oro. Ambos quedaron cautivados por la fuerza de la letra y la belleza de la melodía, por lo que decidieron grabarla en 1981. Sin proponérselo, acababan de inmortalizar una obra que seguiría emocionando a varias generaciones.

Han transcurrido cuarenta y cinco años desde aquella grabación y «Luna de junio» continúa sonando con la misma intensidad en festivales, parrandas y reuniones familiares. Al hablar del paso del tiempo, Rosendo Romero sonríe y recuerda que la luna siempre ha sido refugio de poetas y compositores. No en vano la escritora Gloria Fuertes dejó escrito: «En las noches claras, resuelvo el problema de la soledad del ser, e invito a la luna y con mi sombra somos tres.»

Antes de explicar el origen de la canción, el maestro prefiere dejar que sea la propia música la que abra la puerta de los recuerdos. Canta lentamente uno de sus versos y, mientras la melodía llena el ambiente, vuelve a caminar por los senderos de la memoria, allí donde el amor todavía conserva el mismo rostro de aquellos años.

«En 1980 era novio de quien después fue mi primera esposa, Saida Mattos Ovalle. Nos conocimos en Barranquilla durante una noche de Carnaval y estudiábamos en la Universidad Autónoma del Caribe. Como sus padres no estaban de acuerdo con la relación, decidimos escaparnos y nos casamos en Medellín», recuerda con una mezcla de nostalgia y gratitud.

Aquella experiencia terminó convirtiéndose en inspiración. «La luna siempre aparecía en mis canciones. Ya había estado presente en Fantasía, pero en esta ocasión eran dos lunas: la de mayo y la de junio, por nuestros cumpleaños. Con el tiempo, esa composición se transformó en un clásico que me ha regalado enormes satisfacciones cada vez que la interpreto», afirma el compositor.

Rosendo también regresa al primer capítulo de su carrera artística. En 1976 Jorge Oñate y Nicolás ‘Colacho’ Mendoza grabaron «Noche sin lucero», la primera canción de su autoría que llegó al público. Aquella oportunidad le abrió definitivamente las puertas del folclor vallenato y confirmó que la poesía también podía encontrar refugio entre acordeones y cajas.

«Con esa canción debuté como compositor. Fue mi mejor presentación ante el vallenato. Le puse música a mis sentimientos y entendí que los sueños se cumplen cuando uno trabaja con pasión. Desde entonces nunca dejé de escribir», asegura el maestro, quien todavía interpreta sus propias composiciones acompañado del acordeón y la guitarra.

Durante la conversación, Rosendo Romero agradece a Dios por el talento recibido y por permitirle que sus canciones continúen despertando emociones en distintas generaciones. Su mayor deseo, dice, es que el vallenato siga siendo alimento para el alma y que cada acorde mantenga viva la esencia de un folclor que identifica a Colombia ante el mundo.

Al despedirse, ‘El Poeta de Villanueva’ vuelve a mirar hacia esa luna que tantas veces visitó sus versos. Allí siguen viviendo sus ilusiones, sus nostalgias y sus amores. Porque para él, la luna de junio nunca fue solamente un paisaje nocturno: fue la compañera silenciosa de su inspiración, la confidente de sus sentimientos y la luz que convirtió una historia de amor en una canción eterna. Mientras siga apareciendo sobre el cielo del Caribe, seguirá recordándole al mundo que hay melodías capaces de vencer al tiempo.

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