Por David Awad V.
En el universo de la salsa existen canciones que trascienden el baile para convertirse en parte del ritual de la vida y de la muerte. Ninguna ejemplifica esto con tanta fuerza como «La cuna blanca», una de las obras más emblemáticas de Raphy Leavitt y su orquesta La Selecta. Lejos de ser una simple composición de estudio, este tema y el álbum que lo acogió nacieron del dolor, la pérdida y una experiencia espiritual que marcó un antes y un después en la historia de la música latina.

El accidente que lo cambió todo
El origen de esta melodía nos traslada a octubre de 1972. La Selecta se encontraba de gira por los Estados Unidos, disfrutando del éxito de sus primeras producciones. Sin embargo, el destino aguardaba en una carretera de Connecticut. El vehículo en el que viajaba la orquesta sufrió un fatal accidente automovilístico.
El impacto fue devastador. En el siniestro perdió la vida el trompetista Luisito Maisonet, un pilar fundamental de la banda. Por su parte, el director y pianista de la agrupación, Raphy Leavitt, sufrió heridas de extrema gravedad que lo mantuvieron al borde de la muerte y en un largo periodo de hospitalización.
Una revelación en la semiinconsciencia
Durante los días más críticos de su internamiento médico, atrapado en un estado de semiinconsciencia, Leavitt experimentó una visión que lo acompañaría por el resto de sus días. De manera recurrente, soñaba con una hermosa cuna blanca que ascendía lentamente hacia el cielo.
La historia detrás de “La Cuna Blanca” está marcada por la tragedia y la memoria. La legendaria pieza de salsa, interpretada por la orquesta La Selecta bajo la dirección de Raphy Leavitt, nació de un hecho doloroso que cambió para siempre la vida de sus integrantes.
Aquí la historia completa:
Todo comenzó tras un accidente ocurrido el 28 de octubre de 1972, durante un traslado en Connecticut, luego de una presentación. El vehículo en el que se movilizaba la agrupación sufrió un siniestro que dejó como saldo la muerte del trompetista Luisito Maysonet y graves lesiones para Leavitt, quien permaneció hospitalizado durante meses con múltiples fracturas.
Durante su proceso de recuperación, Leavitt atravesó episodios de confusión y visiones recurrentes en las que aparecía una cuna blanca vacía, una imagen que lo perturbaba profundamente. Con el tiempo, aquella experiencia fue tomando forma en su mente como una posible conexión espiritual con su compañero fallecido, aunque en ese momento aún desconocía oficialmente su muerte.
Cuando finalmente fue informado de lo ocurrido, comprendió el posible significado de aquellas visiones: una despedida simbólica de su amigo, a quien asociaba con esa imagen persistente. Tras su recuperación, y con el tiempo necesario para asimilar la pérdida, la orquesta decidió transformar el dolor en música.
Así nació “La Cuna Blanca”, una composición convertida en homenaje a Luisito Maysonet. Interpretada por el sonero Sammy Marrero, la canción adquirió un tono emotivo que, pese a su tristeza de origen, logró conectar con el público por su mensaje de trascendencia y despedida.
Con los años, esta pieza se consolidó como una de las más significativas dentro del repertorio salsero, especialmente en contextos de despedida en Puerto Rico, donde suele ser recordada en ceremonias fúnebres por su carga emocional.
Incluso décadas después, el tema volvió a resonar en la vida de Sammy Marrero tras una tragedia personal, reafirmando el profundo vínculo entre la canción, la pérdida y la memoria colectiva.
Transformar el dolor en esperanza

Siete meses después de la tragedia, y tras una dolorosa recuperación tanto física como emocional, Raphy Leavitt decidió que la mejor manera de honrar la memoria de Maisonet era haciendo lo que ambos amaban: música. Así nació «La cuna blanca», concebida no como una marcha fúnebre o un lamento lleno de amargura, sino como un homenaje póstumo impregnado de luz.
Con una profunda madurez artística, Leavitt estructuró el tema sobre un ritmo alegre y cadencioso, similar al cha-cha-chá. La intención era clara: enviar un mensaje de aceptación cristiana y consuelo para quienes se quedan en la Tierra. El coro de la canción, inmortalizado en la voz de Sammy Marrero, se convirtió en un bálsamo para el alma:
«Que nadie grite, que nadie llore de sentimiento, si aquel amigo solo se ha ido al descanso eterno».
Un clásico eterno de América Latina

«La cuna blanca» se convirtió en la pieza central del aclamado álbum Gíbaro Soy (1973). La respuesta del público fue inmediata y abrumadora. La honestidad de la letra y la emotividad de su interpretación conectaron de inmediato con el sentir del pueblo.
A más de cinco décadas de aquel fatídico accidente, el tema ha dejado de pertenecerle exclusivamente a La Selecta. Hoy en día, es un clásico imprescindible en toda América Latina, la canción que suena en los vecindarios, salones y cementerios para despedir a los seres queridos. Es el recordatorio eterno de que la música, cuando nace del alma, tiene el poder de transformar la tragedia en inmortalidad.

Hoy, décadas después de convertirse en una de las canciones más emblemáticas de la salsa, “La cuna blanca” vuelve a tocar el corazón de miles de seguidores tras conocerse el fallecimiento de Sammy Marrero, histórica voz de Raphy Leavitt y La Selecta.

El cantante puertorriqueño murió a los 84 años, dejando un legado imborrable en la música latina y en generaciones que crecieron escuchando sus interpretaciones cargadas de sentimiento y realidad social. Su partida marca el adiós de una de las voces más queridas de la salsa, pero también revive la fuerza de canciones como “La cuna blanca”, que hoy permanecen eternas en la memoria de los amantes del género.


