Por: Jegman
No soy músico, pero hablo desde otra orilla del mismo mar: la escritura, la poesía, la narrativa y el arte dramático. Precisamente por esa cercanía con la creación artística, me preocupa el rumbo que ha tomado buena parte de los intérpretes y cantantes del vallenato contemporáneo.
Qué lástima que el mercado y la lógica del consumo hayan terminado por invadir la música. No pretendo descalificar un género que hace parte de la historia cultural de Colombia. Por el contrario, siento un profundo respeto por el vallenato tradicional y por aquellas obras que trascendieron el tiempo y seguirán siendo escuchadas por generaciones.
Mi crítica no es contra el folclor, sino contra una tendencia que, en mi opinión, ha empobrecido su contenido artístico.
Así como en su momento surgió el tropipop, hoy pareciera consolidarse un vallenato excesivamente comercial, construido sobre fórmulas repetitivas y sonsonetes que privilegian el éxito inmediato. Muchos intérpretes de esta generación se sostienen gracias al legado de grandes compositores, pero pocas veces aportan una propuesta propia que enriquezca el género.
A ello se suma una preocupante falta de formación cultural. Se percibe en las letras, en la manera de interpretar, en la ausencia de lectura, en la escasa capacidad narrativa y hasta en la expresión corporal sobre el escenario. Pareciera que muchas canciones se producen para convertirse en éxitos fugaces, desprovistos de profundidad, sensibilidad y permanencia.
Hay artistas que, aunque alcanzan altos niveles de popularidad, no logran transmitir una verdadera intensidad emocional ni una propuesta creativa capaz de permanecer en la memoria colectiva. Son canciones que nacen para desaparecer pocos meses después.
No me corresponde juzgar la vida privada de ningún artista ni especular sobre las razones de su comportamiento. Mi juicio recae únicamente sobre su obra y sobre la manera como algunos ejercen su condición de figuras públicas. Un artista no solo canta; también comunica con su comportamiento, con su discurso, con su lenguaje y con el respeto que demuestra hacia quienes lo escuchan.
Hoy parece imponerse una lógica donde vende más quien aparenta tener más, aunque muchas veces tenga menos talento y menos formación cultural. Esa dinámica termina desplazando la esencia misma del arte: la autenticidad, la sensibilidad y la creatividad.
Por eso sostengo que el vallenato atraviesa una profunda crisis creativa. Esto no significa que el género haya desaparecido ni que no existan excelentes compositores, acordeoneros e intérpretes. Los hay, y continúan produciendo obras valiosas. Sin embargo, cada vez son menos las canciones capaces de convertirse en clásicos, aquellas que el público conserva para toda la vida.
Hoy un álbum puede contener diez o doce canciones, pero apenas una o dos logran destacar, mientras las demás desaparecen rápidamente sin dejar huella. No trascienden porque nacen como productos comerciales y no como obras artísticas.
Gran parte de la producción reciente comparte estructuras musicales similares, ritmos repetitivos y letras que, en muchos casos, dicen poco o absolutamente nada. Son canciones que entran por un oído y salen por el otro sin dejar una huella emocional. Es un viento musical que pasa sin tocar el corazón.
Se escuchan con facilidad, pero se olvidan con la misma rapidez. No conmueven, no invitan a la reflexión y terminan consumiéndose como cualquier otro producto desechable.
Pero el problema no termina en la creatividad. También alcanza el comportamiento de algunos de sus intérpretes.
Poncho Zuleta fue ampliamente cuestionado después de besar sin consentimiento a la cantante Karen Lizarazo durante una presentación pública, un episodio que generó rechazo por considerarse una conducta irrespetuosa.
Ana del Castillo protagonizó un altercado verbal durante un evento en Ocaña, Norte de Santander, donde insultó al empresario y al equipo de producción debido a fallas técnicas en el sonido.
Elder Dayán Díaz fue objeto de críticas luego de responder con expresiones ofensivas a un asistente durante un concierto en El Retén, Magdalena, después de que este manifestara su desacuerdo con unos comentarios políticos realizados por el cantante.
Silvestre Dangond también ha sido cuestionado en diferentes oportunidades por enfrentamientos verbales con organizadores de eventos y por comentarios considerados desobligantes hacia parte del público durante algunas presentaciones.
Estos hechos no borran el legado musical de quienes los protagonizan ni desconocen sus éxitos. Sin embargo, sí obligan a reflexionar sobre el papel del artista frente a la sociedad. El talento jamás debe convertirse en una licencia para el irrespeto.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan artistas polémicos, porque siempre los ha habido. Lo inquietante es que la industria parezca premiar más el escándalo que el contenido; más la controversia que la sencillez; más la fama que la verdadera calidad artística.
Durante décadas, el vallenato fue una escuela de narración. Sus canciones hablaban del amor, del desamor, del costumbrismo, de la amistad, de la familia, de la nostalgia y de la vida cotidiana. En ellas había poesía, memoria y una profunda sensibilidad humana.
Hoy esa riqueza parece diluirse entre canciones hechas para durar apenas unas semanas en las plataformas digitales. Predomina el ritmo sobre el contenido, la repetición sobre la imaginación y la inmediatez sobre la permanencia.
No afirmo que todo el vallenato actual sea malo. Existen compositores, acordeoneros e intérpretes que siguen defendiendo la esencia del género y produciendo obras valiosas. Sin embargo, cada vez son menos visibles dentro de una industria dominada por las tendencias, las modas y el impacto inmediato, muchas veces superficial.
Como escritor, poeta y hombre de teatro, creo que el arte tiene una responsabilidad con la sociedad. Debe cautivar, conmover, despertar preguntas, conservar la memoria y dignificar la condición humana de nuestros pueblos.
Cuando pierde esa capacidad y se limita únicamente a entretener desde la superficialidad, deja de ser una expresión artística trascendente para convertirse en un producto de consumo: rápido, efímero y, muchas veces, vacío.
El vallenato no está en estado crítico por falta de acordeones ni de voces. Está en estado crítico cuando sacrifica la creatividad, la profundidad de sus letras, la riqueza de sus melodías y el respeto por las personas en nombre del espectáculo.
Recuperar su grandeza dependerá de volver a poner el arte por encima del ego, la cultura por encima del mercado y la calidad humana por encima de la fama.

