El lema que prende alarmas: ¿A quiénes realmente incluye “En el Magdalena cabemos TODOS”?

La frase de campaña de Rafael Noya —“En el Magdalena cabemos TODOS”— pretende sonar incluyente, amplia y moderna. Sin embargo, su vaguedad abre un interrogante inevitable: ¿quiénes exactamente caben en ese “todos”? Porque, al parecer, en ese amplio paraguas político también alcanzaron espacio las sombras que históricamente han hecho daño al departamento: el paramilitarismo, el narcotráfico y las viejas estructuras que han puesto su sello sobre la corrupción y la violencia, tal como lo manifestaron en videos Carlos Caicedo y Rafael Martínez

En una contienda que debería ser transparente, Noya parece usar la inclusión como un disfraz. Un lema tan expansivo termina por no excluir a nadie, ni siquiera a quienes deberían estar por fuera de cualquier proyecto político serio. Y cuando el mensaje es tan permisivo, termina sonando más a estrategia que a convicción.

Peor aún es su insistencia en que “la diversidad no nos divide, ¡nos fortalece!”. En la práctica, esta frase fortalece a los partidos tradicionales que hoy encuentran en Noya un vehículo para intentar recomponer su poder. El candidato, que cambia de color político con una habilidad digna del camaleón, se viste según la ocasión: hoy progresista, mañana tradicional, pasado “ciudadano independiente”. Un carnestolendas político que confunde al electorado y se burla de su inteligencia.

Este tipo de ambigüedad calculada no construye confianza: la diluye. En un departamento golpeado por décadas de violencia política y criminal, un liderazgo que no define postura —que no fija una línea clara frente a las mafias que lo han desangrado— no es un liderazgo renovador, sino un riesgo.

¿De verdad “En el Magdalena cabemos TODOS”? le abre la puerta a quienes destruyeron al departamento

Como toda consigna amplia, termina siendo tan elástica que cabe lo bueno… y también lo malo. Tanto así que empieza a servir de refugio político para personajes que, lejos de representar renovación, encarnan las peores prácticas que durante años hundieron al departamento: corrupción, clientelismo, alianzas oscuras y viejas estructuras que hoy vuelven a asomar la cabeza disfrazadas de oveja.

Y ahí recae la contradicción:

¿De verdad todos caben?

¿Incluso quienes han saqueado, manipulado y destruido al Magdalena?

¿Incluso quienes, bajo la sombra de la política tradicional, pactaron con estructuras criminales, paramilitares o redes de corrupción?

La respuesta, desde cualquier perspectiva ética –incluidas las reflexiones bíblicas que se mencionan– es clara: no.

Inclusión no significa abrirle la puerta al lobo

Quien defiende la idea de que “todos caben” suele recurrir a metáforas religiosas: “En la casa del Padre hay muchos lugares”, “en la viña del Señor hay espacio para todos”.

Es cierto: hay espacio para todos… pero no todos entrarán al reino de los cielos.

La Biblia no avala ingenuidad política. Más bien advierte sobre los lobos vestidos de oveja y sobre el peligro de poner una fruta podrida junto a las sanas, porque arruina el resto.

Entonces, ¿qué sentido tiene usar una frase que, en la práctica, termina justificando la entrada de actores que han hecho daño al departamento?

¿Qué sentido tiene entregarles plataforma a quienes, con otros colores y nuevos disfraces, llegan a posar de “renovación”, pero representan lo mismo que destruyó a la institución, al territorio y a la gente?

Decir “cabemos todos” sin filtros éticos es como escupir para arriba: tarde o temprano vuelve y cae.

Una izquierda debilitada por la ingenuidad y la infiltración

Lo más paradójico es que este discurso termina debilitando a la misma izquierda del Magdalena.

Mientras se ataca al liderazgo que ha logrado avances sociales y que ha echado raíces profundas, la puerta se abre para que los de siempre —los mismos que hundieron al departamento— vuelvan por sus fueros aprovechando el caos, los egos y la división.

Lo que debería ser un proyecto progresista y coherente se convierte, por culpa del “todos caben”, en una mezcla peligrosa donde entran también quienes ya demostraron que su interés no es la gente sino el botín.

El riesgo de la neutralidad disfrazada de inclusión

La campaña de Noya se presenta como conciliadora, amplia, abierta. Pero la amplitud sin criterio es terreno fértil para que entren los de siempre:

los que pirañearon contratos, los que manipularon instituciones, los que se aliaron con clanes y maquinarias, los que convirtieron el Magdalena en fortín político y botín económico.

“Todos caben”, sí… Pero algunos están entrando por la puerta grande sin haber limpiado sus actos, sus alianzas ni sus intenciones. Y eso no es inclusión. Eso es permisividad. Eso es permitir que la historia se repita.

Incluir no es entregar el proyecto

El Magdalena necesita pluralidad, sí, pero no a costa de permitir la entrada de quienes ya lo destruyeron.

El mensaje bíblico es claro: hay muchos lugares en la casa del Padre, pero no todos entrarán. La política también debe tener esa claridad: Incluir a la gente buena. Proteger el proyecto. Cerrar la puerta a quienes llegan con piel de oveja, pero tienen colmillos bien afilados. Porque al final, permitir que el lobo se siente a la mesa no es inclusión: es traición al pueblo y debilidad disfrazada de amplitud.

Los magdalenenses merecen saber con quién se están alineando sus aspirantes a gobernar. Y bajo un eslogan donde “todos caben”, queda la duda de si también caben aquellos que deberían estar excluidos de cualquier proyecto democrático.

Economía y Finanzas

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