La reciente decisión del Partido Conservador, bajo la batuta del senador Efraín Cepeda, de declararse formalmente como partido de gobierno y respaldar a Alfredo Deluque (Partido de la U) en lugar de a Honorio Henríquez (Centro Democrático) para la Presidencia del Senado, ha encendido las alarmas en los sectores que esperaban una oposición o una independencia firme frente a la nueva administración de Abelardo De La Espriella.
Aunque Cepeda intenta vestir la jugada con el ropaje de la «gobernabilidad», el movimiento deja un fuerte sinsabor y abre serios interrogantes sobre la coherencia ideológica de la colectividad azul.
Del discurso de la «resistencia» al pragmatismo de la burocracia
Hace apenas unas semanas, el discurso conservador se centraba en haber derrotado la maquinaria y los «ríos de plata» del gobierno saliente de Gustavo Petro, una gesta que el propio Cepeda bautizó como la «Patria Milagro». Sin embargo, la transición de esa narrativa combativa a la de declararse partido del nuevo gobierno electo ha sido sorprendentemente veloz.
La decisión de marginar al Centro Democrático de la presidencia del Senado en el primer año —pese a haber sido aliados clave en la contienda electoral— expone las costuras de un acuerdo eminentemente transaccional. ¿Se priorizó la representatividad de las ideas o el reparto anticipado de las dignidades del Congreso?
Las contradicciones del «abrazo» a Alfredo Deluque
Para justificar el portazo al Centro Democrático, Cepeda apeló a un argumento que resulta, cuando menos, ingenuo para un político de su trayectoria:
«Se puede votar de buena fe», afirmó el presidente del Partido Conservador al ser cuestionado por las críticas que rodean la postulación de Alfredo Deluque.
En la arena política, apelar a la «buena fe» para explicar un acuerdo de gobernabilidad suele ser el eufemismo estándar para no debatir los compromisos de fondo o los cupos de poder pactados bajo la mesa.
¿Un negocio condicionado por la Cámara?
El trasfondo del respaldo a Deluque parece estar amarrado a un cálculo de conveniencia inmediata. El propio Cepeda admitió que el acuerdo contempla que la Presidencia de la Cámara de Representantes le corresponda a los conservadores durante este primer año, una posición que, según él, contó en su momento con el aval del Centro Democrático.
| El pulso por el control del Congreso |
| La entrega conservadora: Respaldar a Alfredo Deluque (La U) para asegurar la Presidencia del Senado. |
| La ficha de cambio: Garantizar que el Centro Democrático y otros sectores apoyen a un conservador en la Presidencia de la Cámara. |
| La paradoja: Cepeda asegura que «necesitan al Centro Democrático» para que el nuevo presidente pueda gobernar, tras haberles negado el apoyo en la cámara alta. |
Este movimiento deja al Partido Conservador en una posición incómoda: se declara de gobierno para asegurar juego burocrático y legislativo, pero al mismo tiempo maltrata a sus aliados naturales de la derecha bajo la premisa de que «más adelante los necesitarán».
La estrategia de Cepeda de nadar en dos aguas —posando de estratega de la gobernabilidad mientras asegura el control de una de las cámaras— vuelve a poner sobre la mesa la histórica crítica al conservatismo colombiano: su increíble plasticidad para acomodarse al sol que más alumbre, sin importar qué tan rápido deban cambiar de discurso.

