El fin de las «Locomotoras»: ¿Por qué los partidos tradicionales ahora son solo furgones de cola en 2026?

Liberales, Conservadores, La U y Cambio Radical llegan a la recta final sin rostro propio. ¿Maquinaria imparable o lastre burocrático para Valencia, Cepeda y De La Espriella?

Hubo un tiempo en que el aval de un partido tradicional era el pasaporte directo a la Casa de Nariño. Hoy, a solo mes y medio de la primera vuelta presidencial de 2026, los «godos», los «rojos» y las fuerzas de coalición han aceptado su nuevo rol en la historia: ya no son los dueños de la fiesta, sino los invitados que traen las sillas.

La orfandad de poder

Es un fenómeno que desafía la tradición. El Partido Liberal no pone un presidente desde 1994 (Samper) y el Conservador, en su esencia más pura, no lo hace desde 1982 (Betancur). En esta contienda, colectividades que antes hacían temblar las urnas, como La U y Cambio Radical, han preferido quedarse en la barrera, esperando a ver quién puntea para negociar su «cuota de gobernabilidad».

«Funcionan más como socios de coalición que como vehículos ganadores. Buscan garantizar burocracia más que defender una ideología», afirma Alejandro Blanco, doctor en Ciencia Política.

La puja por los «votos de estructura»

A pesar de su desgaste, los partidos tradicionales siguen teniendo algo que los candidatos «estrella» necesitan: presencia regional.

  • Paloma Valencia: La más cercana a recoger el respaldo oficial de las banderas azules y de Cambio Radical. Su discurso resuena con la base conservadora que busca orden.

  • Iván Cepeda: Ha logrado fracturar al liberalismo, atrayendo a las alas progresistas que ven en él la continuidad de ciertas reformas.

  • Abelardo De La Espriella: En un movimiento arriesgado, ha despreciado públicamente estos apoyos, apostándole a un voto de opinión que detesta la «vieja política».

El «Efecto Gaviria» y la crisis de mando

El cuestionamiento sobre el liderazgo de César Gaviria en el Partido Liberal es el síntoma de una enfermedad mayor: el anquilosamiento. El fracaso electoral de su hija, María Paz Gaviria, en las legislativas, dejó al descubierto que la «maquinaria» del director del partido está más oxidada de lo que parece.

Hoy, el liberalismo no es un bloque sólido; es una federación de caciques. Mientras unos miran hacia Cepeda, otros se alinean con Valencia, demostrando que la disciplina de partido es cosa del siglo pasado.

¿Maquinaria o Veneno?

Para los expertos, recibir el apoyo de estas colectividades es un arma de doble filo:

  1. El Beneficio: Aportan una estructura logística en regiones donde la opinión no llega, asegurando los votos de las bases rurales y clientelares.

  2. El Riesgo: Son un «pasivo» reputacional. En un electorado cansado de la corrupción, aparecer en una foto con las viejas élites puede restarle puntos a figuras que intentan mostrarse como «renovadoras».

La próxima semana será clave. Los partidos tradicionales finalmente revelarán en qué puerto aterrizarán. Lo que es seguro es que, gane quien gane, los partidos que forjaron la República hoy se conforman con ser el «socio minoritario» de una presidencia que ya no les pertenece.

Economía y Finanzas

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