Cuando Alejo le enseñó al Caribe que el acordeón también tenía alma

A 107 años de su nacimiento, el primer Rey Vallenato sigue vivo en cada fuelle que se abre, en cada parranda y en ese grito que el tiempo nunca pudo borrar: «¡Oa, Apa, Sabroso!».

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Dicen los viejos de El Paso que hay madrugadas en las que el viento parece traer un acordeón desde muy lejos. No saben de dónde viene. Solo aseguran que cuando el sol apenas comienza a pintar de amarillo los patios, los árboles y los caminos polvorientos, alguien alcanza a escuchar una voz gruesa que rompe el silencio con un grito inolvidable: «¡Oa, Apa, Sabroso!». Entonces todos entienden que Alejo Durán sigue ahí, caminando despacio entre los recuerdos de su pueblo.

Fue en una casa sencilla de la calle 2 del barrio Rincón Guapo donde, el 9 de febrero de 1919, nació Gilberto Alejandro Durán Díaz. El nombre de Gilberto casi se lo tragó el tiempo porque desde niño todos comenzaron a llamarlo Alejo. Nadie imaginaba que aquel muchacho de manos curtidas por el trabajo terminaría escribiendo uno de los capítulos más grandes de la historia del vallenato.

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Primero conoció el campo y después el acordeón. Aprendió a trabajar en la hacienda Santa Bárbara de las Cabezas, pero mientras otros soñaban con mejores cosechas, él soñaba con melodías. A los 19 años decidió sentarse frente al instrumento de botones y fuelles. No volvió a separarse de él. Poco tiempo después compuso ‘Las cocas’, inspirada en aquellas mujeres que preparaban la comida para los jornaleros. Desde entonces descubrió que las historias sencillas también podían convertirse en canciones eternas.

Alejo no buscaba palabras rebuscadas. Cantaba lo que veía, lo que sufría y lo que amaba. Por eso sus composiciones olían a monte recién mojado, a café colado en fogón de leña y a caminos recorridos bajo un sol que parecía no tener descanso. Cada canción era una conversación con la vida y cada verso llevaba el nombre de alguien que alguna vez pasó por su corazón.

El amor también marcó su existencia. En 1954 se casó con Joselina Salas Buelvas, con quien tuvo dos hijas. La relación terminó pocos años después, pero el destino todavía le guardaba otra estación. En Planeta Rica encontró a Gloria María Dussán Torres, la inolvidable «Goya», compañera durante catorce años y madre de cinco de sus hijos. Ella siempre contaba que Alejo nunca le escribió una canción, aunque no le hacía falta. «Me hizo sentir querida todos los días», decía con la serenidad de quien conoció el verdadero significado del amor.

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En 1968 emprendió el viaje que cambiaría para siempre la historia del folclor colombiano. Iba rumbo a Valledupar para participar en el primer Festival de la Leyenda Vallenata. Antes de llegar hizo una parada en Bosconia para tomarse una sopa. La dueña del negocio, sin reconocerlo, le recomendó que no siguiera porque el festival lo iba a ganar un tal Alejo Durán. Él sonrió con esa picardía campesina que nunca perdió y respondió: «Pues precisamente a ese Durán es al que más fácil le voy a ganar». Aquella frase quedó guardada para siempre entre las mejores anécdotas del vallenato.

Y así fue. El 29 de abril de ese año, acompañado por Pastor «El Niño» Arrieta en la caja y Juan Manuel Tapias en la guacharaca, levantó el primer trofeo de Rey Vallenato. No solo ganó un concurso. Ese día comenzó una leyenda. Consuelo Araujonoguera escribió que cuando Alejo subió a la tarima fue cuando realmente nació el Festival. Desde entonces resultó imposible contar la historia de uno sin mencionar al otro.

El periodista Juan Gossaín lo definió mejor que nadie. Dijo que su voz era la de un campesino auténtico, sin adornos, capaz de narrar la vida como la entendía la gente sencilla. Tal vez por eso el pueblo nunca dejó de quererlo. Porque Alejo jamás cantó para parecer importante. Cantó para parecerse a su tierra.

Hasta cuando enseñaba a tocar acordeón lo hacía cantando. Decía que no bastaba con mover los dedos sobre los botones; había que saber golpear los bajos, respetar el compás y dejar que el instrumento hablara. Remataba diciendo que él no tocaba por la fama, sino con el alma. Esa fue la diferencia entre un buen acordeonero y un juglar destinado a la eternidad.

El niño que un día salió de El Paso con un acordeón al pecho terminó siendo el primer Rey Vallenato, el orgullo de tres tierras: magdalenense por nacimiento, cesarense por la historia y cordobés por el amor que encontró en Planeta Rica. Murió en Montería el 15 de noviembre de 1989, pero solo dejó de respirar. Porque mientras en cualquier rincón del Caribe alguien abra un acordeón, cante ‘Pedazo de acordeón’, ‘Las cocas’ o repita con una sonrisa «¡Oa, Apa, Sabroso!», Alejo Durán seguirá haciendo lo que mejor supo hacer: demostrar que el vallenato no se toca con las manos, sino con el corazón.

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