Crónica: El mito de la «Mano Negra» y el espectro de la justicia por propia mano

Barranquilla, una ciudad que a menudo vive entre la nostalgia del orden perdido y el caos del presente, guarda en sus entrañas una historia silenciada por el miedo: los años de la «Mano Negra». ¿Fue realmente un periodo de paz o solo una tregua firmada con sangre?

Por: Redacción Especial

Había una época en Barranquilla en la que la noche no era sinónimo de encierro. Los viejos de la ciudad cuentan, entre susurros y miradas esquivas, que se podía caminar por el centro, por el Boliche o por los barrios populares sin el temor paralizante de hoy. Pero esa tranquilidad tenía un precio, un peaje pagado en vidas humanas. No era la paz de las instituciones, era el orden impuesto por el cañón de un fusil Galil 7.62 o una pistola Jericho 941. Era la época de la «Mano Negra».

La lógica del terror: Los años de plomo

A principios de los años 60, cuando la institucionalidad apenas se ajustaba a los nuevos modelos policiales tras la creación de la Policía Nacional, surgió una sombra que operaba a la par del Estado, pero fuera de él. Se les conoció como la «Mano Negra». No eran ley, pero actuaban con el poder de quien decide quién vive y quién muere.

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El F-2 (sigla histórica del Servicio de Inteligencia de la Policía, que mutaría luego en la Sijín y Dijín) era el cuerpo que operaba de civil. Muchos de ellos eran policías de «dedo», hombres sin formación académica, pero con una mística castrense forjada en la arbitrariedad. Fue allí, en ese sector duro y despiadado, donde se gestó la «Mano Negra».

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El modus operandi era un ritual de terror: allanamientos sin orden judicial, torturas con mangueras, y paseos finales en vehículos emblemáticos como los Chevrolet 55, 56 o 57, los Dodge Dart o las imponentes Ford Falcon. Aquel que era subido a esas camionetas —o más tarde a las Land Cruiser y Nissan Patrol— sabía que el viaje no tenía retorno. Los cuerpos terminaban, como una firma macabra, en las trochas de la Circunvalar, en Soledad 2000 o en las fincas de «Las Petronitas» en Galapa.

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El Olimpo de los verdugos

La lista de nombres que habitan el folclore criminal barranquillero es extensa y, para muchos, aterradora. Hablar de ellos es invocar una época donde la vida valía menos que un celular de gama alta actual.

Teobaldo Barrios Altamiranda, conocido como “El Suavecito”, se hizo famoso por su peculiar forma de actuar: antes de cometer sus golpes mostraba una extraña “cortesía” con sus víctimas y, según relatos, incluso se disfrazaba de loco para no levantar sospechas.
Teobaldo Barrios Altamiranda, conocido como “El Suavecito”, se hizo famoso por su peculiar forma de actuar: antes de cometer sus golpes mostraba una extraña “cortesía” con sus víctimas y, según relatos, incluso se disfrazaba de loco para no levantar sospechas.

Estaba «El Suavecito» (Teobaldo Barrios), famoso por su extraña «cortesía» antes del golpe; «El Puma» (Armando Pumarejo), un hombre alto y flaco que representó el terror hasta su muerte reciente en 2023; «El Cone» (Álvaro Coneo), quien bajo un régimen de permisos carcelarios salía a ejecutar su oficio y cuyo lema «marca o no marca» dictaba la suerte de su víctima.

La galería de personajes parece sacada de una novela negra: desde «El hombre del bate» (Jorge Arroyo), hasta «Polito» (Apolinar Cáceres), quien dictaba su ley vestido de safari y con un revólver calibre 38 oculto en su maletín. Nombres como «El Chino Bolaños», «Elviro» Cantillo, «El Mocho», «El Cadenas», «El Golero», y «El Loco Suárez» eran parte de una jerarquía del miedo que mantenía a raya a las pandillas de entonces: Los Poteras, Los Alacranes, Los Travolta.

¿Un «lápiz corrector» social?

Existe una tendencia peligrosa a idealizar ese pasado. Se dice que acabaron con los ladrones de calderetas y los extorsionadores de barrio. Algunos ciudadanos, cansados de la impunidad actual, miran hacia atrás con nostalgia y preguntan: «¿Por qué no volvemos a eso?».

La respuesta es técnica, pero sobre todo ética. La «Mano Negra» no era una solución, era un síntoma. Funcionaron en un país sin tecnología, sin celulares que grabaran, sin cámaras de seguridad en cada esquina, y con un sistema judicial que, si bien era ineficiente, no estaba tan infiltrado por los grandes carteles como lo está la seguridad pública hoy en día.

Intentar replicar esos métodos hoy es un suicidio cívico. Como señalan los analistas y los mismos expolicías de la época, el problema actual tiene un origen distinto: la descomposición social derivada del narcotráfico y la infiltración de las instituciones. Hoy, para hacer «limpieza social», habría que empezar por depurar a los mismos que portan el uniforme, un escenario impensable en los años 70.

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El niño Acosta no cabía en el carro, por lo que cada vez que debía bajarse tenía que sacar primero ambos pies para poder salir.

La reflexión necesaria: Entre el verdugo y el Estado

Hace unos días, dos atracadores cayeron muertos en un restaurante. La reacción de los ciudadanos fue inmediata: aplausos virtuales. Es la respuesta visceral de una sociedad que se siente abandonada por el Estado. Pero esa celebración es el preludio de un abismo. Cuando la sociedad decide que el asesinato del delincuente es la única justicia posible, está renunciando a su condición de sociedad civilizada.

La «Mano Negra» terminó como terminan casi todos estos grupos: devorados por sus propios fantasmas. Muchos de sus integrantes murieron ajusticiados por las «culebras» que sembraron, o vivieron sus últimos años escondidos, mirando por encima del hombro.

Barranquilla hoy no necesita al «Suavecito» ni al «Cone». Barranquilla necesita un Estado que no sea inoperante, que no tenga jueces de bolsillo, que no tenga policías que trabajan para la extorsión. El delito hay que combatirlo, sí, pero con la fuerza de la ley. Porque, al final, la justicia por mano propia no es justicia: es solo un crimen más, maquillado de héroe, que tarde o temprano termina cobrando su factura.

La historia de la «Mano Negra» no es una guía de soluciones; es un espejo roto. Mirarlo nos recuerda que cuando el Estado abdica de su deber, el vacío siempre lo llena alguien con un arma en la mano. Y, como bien enseña nuestra historia, ese alguien nunca termina bien.

Basado en la información proporcionada en comentarios de publicaciones de redes sociales  sobre la historia de la «Mano Negra» en Barranquilla, aquí se relaciona una lista de los personajes que presuntamente pertenecieron al grupo de «limpieza humana».

Listado 

Nombre o Alias Notas / Apodo
Robinson Enrique Bolaños El Chino Bolaños
Wilfrido Rafael Cantillo González «Elviro»
Teobaldo Barrios Altamiranda «El Suavecito» (conocido por «disfrazarse de loco»)
Jorge Arroyo «El hombre del bate» (hermano del Joe Arroyo)
Álvaro Coneo «El Cone» (famoso por la frase «¿marca o no marca?»)
Armando Pumarejo «El Puma» (fallecido en 2023)
Apolinar Cáceres «Polito» (vestía de safari)
El Pinina
Simoncito
El Negro Mancilla
El Puya
El Loco Suárez
Iglesias
Chino Ray-Ban
Jhony Olguin
El Orejón
El Gusano de Leche
Benitez
Casalin
El Golero
El Toscano
El Viejo García
Idober Martinez
El Cadenas
El Care e Tierra
El Guacarnaco
El Mocho
El Perra Larga
El Polo
El Casayas
El Tolima
El Izquierdo
El Peñita
El Caimán Parao
El Mono Rojas
El Caballo
El Llerita
Pérez Mayo
El Pilin
Chino Rabia
Juancho el Ojo
Roberto Pla
El Mono Cabulla
El Niño Acosta
El Nene Aguirre
Juanchito El Ojon
El Betancourt
Peluza
Lucho Papel
El Nene Yury
Borja
Mendoza

Nota: Esta relación de nombres es una recopilación basada estrictamente en la atención a comentarios recopilados de algunas publicaciones en redes sociales. Muchos de estos alias forman parte de la memoria oral y las leyendas urbanas de Barranquilla de las décadas de los 60, 70 y 80, y no necesariamente todos los mencionados tienen un registro judicial formal asociado a la «Mano Negra».

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