Redaccion Pasa La Voz
A finales de 1977, el vallenato vivía una época de oro y Los Hermanos Zuleta eran los reyes indiscutibles del mapa musical. Con el éxito arrollador de «El cóndor legendario», la agrupación no daba abasto. Sin embargo, detrás del nacimiento de uno de los himnos más grandes en honor a la Virgen del Carmen, se esconde una historia de terror, botellazos, angustia extrema y una parranda clandestina en Barranquilla que casi termina en tragedia en una caseta de Córdoba.
Esta es la crónica detallada del día en que la devoción de un magnate guajiro dejó a Poncho Zuleta solo en la tarima, obligando a su mánager a «ponerle el pecho» a un público enfurecido que exigía sangre y música.
El epicentro: La mansión de las parrandas en El Prado

En el tradicional, sobrio y señorial barrio El Prado de Barranquilla, las fiestas de Euclides Enrique Coronado Aragón eran leyenda. Coronado, un adinerado y popular personaje de origen guajiro radicado en la arenosa, sentía una veneración casi mística por la Virgen del Carmen. Tanto así, que patrocinaba anualmente una pomposa procesión por el barrio.
Su mansión, ubicada en las cercanías de la Segunda Brigada del Ejército, era el templo de las parrandas vallenatas más selectas del Caribe. Políticos, ministros, empresarios y la crema y nata de la sociedad se codeaban en su patio al ritmo de los mejores conjuntos de la época. Coronado, sabiendo que la dinastía Zuleta —desde la Vieja Sara Baquero— llevaba a la Virgen en el alma, había invitado formalmente a Poncho y Emiliano a su feudo.
Lo que nadie presupuestó fue el costo colosal de esa invitación.
Planeta Rica en vilo y un acordeonero «desaparecido»
Mientras la fiesta se prendía en Barranquilla, a cientos de kilómetros, en Planeta Rica (Córdoba), el ambiente estaba a punto de estallar. El mánager de la agrupación había firmado un jugoso contrato para presentarse esa noche. Todo el conjunto viajó al departamento de Córdoba, excepto Emilianito Zuleta, quien aseguró que haría una «diligencia personal» en Barranquilla y se reportaría por la tarde.
Las horas pasaron. El sol cayó y la angustia comenzó a devorar a la agrupación. En las oficinas de Telecom, el mánager no paraba de hacer llamadas desesperadas. Llamó a amigos, conocidos, e incluso a la Policía y hospitales de carretera temiendo un accidente fatal. Nadie daba razón. Deniris Arzuaga, la entonces esposa de Emiliano, tampoco sabía si su marido estaba vivo o muerto.
A las ocho de la noche, con una multitud rugiendo a las afueras de la caseta exigiendo ver a «Los Ponchos», Poncho Zuleta tomó una decisión desesperada:
«Salgamos para la caseta, que con seguridad mi hermano llega para la primera tanda».
Caos, botellas y «el gordo de ojos chispeantes»
Al ingresar al evento con escolta policial, la tensión se sentía en el aire. A las nueve de la noche, el empresario del evento, pálido de la preocupación, confirmó lo peor: el rumor de la ausencia de Emilianito ya corría como pólvora entre la gente alicorada.
—“¿Tai loco, vé? ¿Y quién va a tocá’ El cóndor legendario, no vei que es en tono menor y Ovidio no se lo sabe?”— le reclamó Poncho a su mánager cuando este sugirió que Ovidio Granados (técnico de acordeones del grupo) asumiera el show.
La salvación milagrosa apareció en el cuerpo de Lucho Campillo, el «Rey Sabanero del Acordeón», quien acababa de llegar de México y andaba de visita familiar en el pueblo.
Mientras tanto, en la pista, la masa enfurecida empezó a lanzar botellas, voltear mesas de madera y golpear las láminas de la caseta. Los músicos del conjunto, aterrorizados, se rehusaban a subir a la tarima. Sabían que un error les costaría un linchamiento.
«Si no tocamos, nos matan a banquetazos»
Con el miedo apretándole la garganta, el mánager subió solo al escenario, le ordenó a Lucho Campillo registrar los primeros acordes de El cóndor legendario en el micrófono para calmar las fieras, y le gritó a los músicos rezagados: “Si no tocamos, nos matan a botellazos y banquetazos. Pongamos la cara como machos”.
Con las piernas temblando, el mánager tomó el micrófono y confesó la verdad al público hostil:
«Señoras y señores, quiero transmitirles la angustia que nos embarga… Hace más de 15 horas que no sabemos de Emilianito. No sabemos si se accidentó o si está enfermo. Ni su esposa ni la policía nos dan razón. Pero somos profesionales. Hoy les vamos a devolver cada peso con música. Nos acompañan Ovidio Granados, segundo en el primer Festival Vallenato, y Lucho Campillo, que viene de triunfar en México. Solo les pido una canción. Si no les gusta, hagan con nosotros lo que les dé la gana… pero si les gusta, ¡salgan a bailar!»
Desde atrás de la tarima, Poncho y los músicos le suplicaban aterrados: “Calláte, no joda, que nos van a esmigajá, no seas loco, calláte, veeee”.
El milagro de la música (y el aguardiente)
Lucho Campillo soltó los primeros acordes en tono menor. Poncho, con el pecho inflado por la adrenalina, soltó su portentosa voz con una fuerza que nunca antes se le había escuchado. El silencio sepulcral de la caseta se rompió cuando las primeras parejas, tímidas, pisaron la pista de baile. Luego, estallaron los aplausos.
El temido líder de la protesta, un hombre robusto y de mirada desafiante, se acercó lentamente a la tarima. Pero no llevaba una botella para lanzarla; llevaba una copa de aguardiente para el mánager en señal de aprobación.
La noche fue un éxito rotundo: tocaron seis tandas y el público cordobés los bajó del escenario como héroes entrada la madrugada.
Mientras tanto, en Barranquilla…
Al día siguiente, con el cansancio en el cuerpo y el alma de vuelta al cuadrante, el conjunto descubrió la insólita verdad de la «desaparición» de Emilianito.
El acordeonero jamás había sufrido un percance vial. Se había quedado encerrado en la mansión de Enrique Coronado en El Prado, sumergido en una parranda monumental de tres días. En medio del delirio del whisky, la complicidad de los amigos y su profunda devoción mariana, Emiliano compuso allí mismo la inmortal canción:
“Y así, soy un hombre sin preocupación, porque es la Virgen de mi devoción…”
Irónicamente, mientras Emiliano cantaba sin preocupaciones protegido por las paredes de El Prado, a Poncho y a su conjunto casi los linchan en Planeta Rica. Esa noche, la Virgen del Carmen estuvo muy ocupada inspirando al compositor en Barranquilla, dejando que el verdadero «milagro» en Córdoba lo hicieran los dedos de Ovidio Granados, el fuelle de Lucho Campillo y el temple de un mánager que prefirió cantar antes de morir a banquetazos.

