Por: Javier Ballesteros
A Barranquilla le quedan apenas unos meses del actual periodo de Alejandro Char, y con ellos se desvanecen también las esperanzas—esas que alguna vez fueron rimbombantes—de que la inseguridad y la extorsión tendrían sus días contados. Porque, seamos sinceros: si la ciudad sigue liderando cualquier indicador, es el de ser la ciudad más insegura de Colombia, con la extorsión convertida en la pyme más rentable del Atlántico.
Y pensar que todo empezó con ese despliegue logístico digno de una superproducción de Hollywood:
motos nuevecitas recién salidas del concesionario, camionetas plateadas con las calcomanías todavía oliendo a garantía, equipos de comunicación de última generación, drones que parecían listos para grabar un documental de National Geographic, radiopatrullas con luces para encandilar hasta al sol, un helicóptero que sobrevuela como si buscara extraterrestres… y hasta un sofisticado sistema para detectar llamadas extorsivas, capaz—se suponía—de descifrarle el pensamiento al delincuente antes de que marcara el número.
Con semejante arsenal, cualquiera habría jurado que los criminales saldrían corriendo a esconderse en el mar. Pero no: siguieron llamando, cobrando, amenazando y, por supuesto, consolidando su negocio. Porque mientras el alcalde contaba motos, los delincuentes contaban tiendas cerradas.
La ciudad también recibió cientos de nuevos policías:
Char anunció la llegada de 1.760 nuevos policías para reforzar el pie de fuerza en Barranquilla.
En enero de 2024 ya habían llegado los primeros 460 de esos 1.760.
En marzo de 2024, también anunció otros 300 policías nuevos para fortalecer la labor investigativa.
Además, para finales de 2024, se reportó que 450 policías de apoyo llegarían para reforzar operativos de fin de año.
Sumando esos números (aunque no es del todo claro si todos hacen parte exactamente del “ingreso nuevo” planeado de 1.760):
460 + 300 + 450 = 1.210 policías (al menos en los anuncios públicos).
Todo esto es una cifra que, sumada a las promesas y a las fotos de lanzamiento, debería bastar para que la Paz Mundial empezara por el Malecón. Pero Barranquilla es especial: aquí nada de eso alcanza, porque el crimen va “adelantado unas cuantas cuadras»
Hoy, con Char casi despidiéndose del Palacio del Paseo Bolívar, el panorama es claro:
las herramientas están, los anuncios están, las redes sociales están…
lo único que no está es la seguridad.
La extorsión sigue firme, sólida, robusta, bien alimentada; y Barranquilla, esa ciudad que prometía ir “A otro nivel”, sí lo logró: un nivel más alto de miedo, récords de extorsión, tenderos asesinados y una sensación de abandono que ni el helicóptero puede rastrear desde el aire.
Al final, tanta tecnología terminó sirviendo para una sola cosa: para recordarle a los ciudadanos que lo que falta no es equipamiento… sino resultados. Y esos, tristemente, no se compran con motos.
Lo peor de todo es que la plata de la tasa de seguridad -esa que sale del bolsillo del contribuyente- se fue a un barril sin fondo.

