Abel Antonio Villa: el juglar que asistió a su propio velorio

Una falsa noticia sobre su muerte reunió a familiares y amigos en un velorio inesperado, hasta que el padre del acordeón apareció vivo para convertir la tragedia en una de las anécdotas más recordadas del vallenato.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Había una época en la que la muerte llegaba primero en boca de la gente que en los designios de Dios. Bastaba que un viajero descendiera de una chalupa sobre el río Magdalena o amarrara su burro a la sombra de un trupillo para anunciar una desgracia, y el pueblo entero la daba por cierta sin hacer preguntas. No existían teléfonos, mucho menos emisoras que desmintieran rumores. La palabra era ley. Así, muchos años antes de que el mundo hablara de fake news, el vallenato ya conocía el poder devastador de una noticia falsa. La víctima de aquella historia fue Abel Antonio Villa, un hombre al que lloraron, velaron y casi le completan la novena… mientras seguía vivo tocando su acordeón en alguna parranda de la provincia.

En aquellos años los juglares eran pájaros sin nido fijo. Salían de sus pueblos con el acordeón terciado al pecho y regresaban cuando el destino, el cansancio o la nostalgia decidían ponerle punto final al recorrido. Una parranda llevaba a otra, un compadre invitaba al siguiente pueblo y la música terminaba siendo el único calendario. Nadie sabía con certeza dónde estaban. Solo se tenía la esperanza de que algún día volvieran montados en un burro, en una chalupa o caminando por los polvorientos caminos de herradura.

Entre esos hombres andariegos sobresalía Abel Antonio Villa, nacido el 1 de octubre de 1899 en el corregimiento de Piedras de Moler, Magdalena. Hijo de una estirpe musical y considerado con justicia uno de los padres del acordeón en Colombia, llevaba el folclor en las manos y la bohemia en el alma. Su nombre ya comenzaba a escucharse en toda la región Caribe porque donde aparecía el viejo Abel Antonio nacía una parranda que podía durar varios días sin que nadie mirara el reloj.

Fue precisamente una de esas prolongadas ausencias la que dio origen a una de las páginas más extraordinarias del vallenato. Corría el año 1943 cuando desde El Banco, Magdalena, salió un comentario que pronto tomó cuerpo de verdad. Alguien aseguró haber visto morir al acordeonero. Nadie preguntó cómo, cuándo ni por qué. La noticia comenzó a navegar por el río Magdalena como si viajara montada sobre la corriente, pasó de puerto en puerto, de tienda en tienda, de boca en boca, hasta llegar a Piedras de Moler convertida ya en una sentencia irrefutable.

En la casa de los Villa el golpe cayó como un rayo. Su madre sintió que el mundo se le desplomaba encima. Los vecinos comenzaron a llegar en silencio, las mujeres encendieron velas, aparecieron los rosarios, las rezanderas ocuparon sus puestos y el café empezó a hervir para acompañar las largas noches de duelo. No había cadáver que despedir, pero sobraban lágrimas para llorarlo.

Dicen los viejos que fueron cinco noches enteras de responsos. Cinco madrugadas donde las oraciones se confundían con el canto de los grillos y el murmullo del viento que atravesaba los árboles. Cada Ave María parecía acercar más el alma del supuesto difunto al cielo, mientras en algún lugar del Magdalena el verdadero Abel Antonio seguía alegrando una parranda sin sospechar que su familia ya lo había entregado al Señor.

El desenlace parece escrito por Gabriel García Márquez, pero ocurrió muchos años antes de que Macondo fuera conocido por el mundo. Una mañana cualquiera apareció Abel Antonio caminando tranquilamente hacia su casa con el acordeón al hombro. Al verlo cruzar el patio, los presentes quedaron petrificados. Algunos pensaron que era un aparecido; otros, que Dios había hecho un milagro. Su madre dejó caer el rosario y corrió a abrazarlo entre lágrimas, incapaz de entender cómo el hijo al que llevaba cinco noches rezándole acababa de regresar sonriente y lleno de vida.

El velorio terminó convertido en fiesta. Las lágrimas cambiaron de significado, las velas dejaron de alumbrar la tristeza y comenzaron a iluminar la alegría del reencuentro. Aquella noticia falsa que había llenado de luto a todo un pueblo acabó provocando carcajadas entre quienes, horas antes, todavía hablaban del entierro de un hombre que nunca había muerto.

Pero los juglares tenían la rara habilidad de convertir cualquier episodio de la vida en canción. Abel Antonio comprendió que aquella historia no podía perderse entre las conversaciones de los vecinos. Se sentó, acomodó el acordeón sobre las piernas y comenzó a ponerle melodía al episodio que acababa de vivir. Así nació ‘La muerte de Abel Antonio’, también conocida como ‘Cinco noches de velorio’, uno de los relatos más auténticos del cancionero vallenato.

Los versos quedaron como una fotografía de aquel episodio: «La muerte de Abel Antonio en mi tierra la sintieron los muchachos. Fueron cinco noches que me hicieron de velorio; para mis nueve noches todavía me deben cuatro. Pobrecita madre mía, con mi muerte lo mucho que sufriste. Abel Antonio no muere todavía; Abel Antonio muere cuando Dios lo necesite.» Nunca antes una noticia falsa había encontrado una respuesta tan elegante, tan humana y tan profundamente vallenata.

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La canción comenzó a recorrer la región de la misma manera como antes había viajado el rumor de su muerte. Guillermo Buitrago fue el primero en llevarla al disco, permitiendo que aquella anécdota cruzara las fronteras del Magdalena. Después vendrían las interpretaciones de Alfredo Gutiérrez, el Binomio de Oro, Carlos Vives y otros artistas que comprendieron que aquella composición era mucho más que un canto: era un pedazo vivo de la memoria del Caribe.

Hoy, cuando las redes sociales multiplican mentiras a la velocidad de un clic y el mundo aprendió a llamarlas fake news, vale la pena recordar que el vallenato ya había contado esa historia hacía más de ocho décadas. La diferencia era que entonces la desinformación no viajaba por internet, sino en la palabra de un arriero, en la conversación de un puerto o en el relato de un viajero que juraba haber visto lo que nunca ocurrió.

Abel Antonio Villa murió de verdad el 13 de junio de 2006, a los 106 años de edad. Aquella vez no hubo confusiones ni rumores que desmentir. El viejo juglar emprendió el viaje definitivo dejando sembrado un legado inmenso para el folclor colombiano. Sin embargo, cada vez que suenan los acordes de ‘Cinco noches de velorio’, vuelve a repetirse el milagro de 1943: el hombre al que una vez lloraron estando vivo regresa sonriente, con el acordeón entre las manos, para demostrar que en el vallenato hasta las noticias falsas terminan convertidas en canciones eternas.

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