Desde aquel 10 de agosto, cuando un terremoto golpeó a Colombia, los hombres y mujeres de PONALSAR han cambiado el descanso por jornadas entre ruinas, polvo y estructuras afectadas. Su misión: buscar, rescatar y acompañar a quienes más los necesitan.
Hay días que quedan marcados para siempre en la memoria de un país. El 10 de agosto de 2026 fue uno de ellos. La tierra se sacudió y, en cuestión de segundos, la tranquilidad se convirtió en incertidumbre. Mientras miles de personas buscaban lugares seguros y trataban de comunicarse con sus familias, hubo policías que corrieron en dirección contraria al miedo: hacia las zonas afectadas.
Eran los hombres y mujeres del Grupo de Operaciones Especiales en Emergencias y Desastres de la Policía Nacional, PONALSAR. Llegaron con cascos, guantes, equipos de búsqueda y rescate, pero sobre todo con una determinación que no cabe en ningún morral: la de servir incluso cuando hacerlo significa exponerse al peligro.
Desde entonces, las jornadas han sido largas. Entre polvo, concreto fracturado y edificaciones que amenazan con ceder, estos policías han trabajado con paciencia y disciplina. Cada espacio inspeccionado representa una posibilidad; cada llamado obliga a guardar silencio para escuchar; cada minuto puede resultar determinante cuando se busca a una persona entre los escombros.
Allí no siempre hay tiempo para pensar en el cansancio. Las manos se ensucian, los uniformes se llenan de polvo y las horas pasan casi sin sentirse. Detrás de cada casco también hay una familia esperando una llamada, una esposa, un esposo, unos padres o unos hijos que saben que su ser querido está cumpliendo una de las misiones más exigentes del servicio policial.
Pero PONALSAR no solamente aparece cuando hay que remover escombros. Sus integrantes evalúan riesgos, apoyan evacuaciones, inspeccionan estructuras y acompañan a comunidades golpeadas por una emergencia que, además de daños materiales, deja miedo e incertidumbre. En medio de una tragedia, una palabra de tranquilidad también puede convertirse en una forma de rescatar.



El coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, rindió homenaje a quienes integran esta especialidad: “Nuestro reconocimiento y gratitud para los hombres y mujeres de PONALSAR que, desde el primer momento de esta emergencia, han demostrado el verdadero significado de servir. Han dejado a un lado el cansancio y han puesto sus conocimientos, su valentía y, sobre todo, su humanidad al servicio de los colombianos que hoy más nos necesitan”.
Y es precisamente en esos momentos cuando el uniforme adquiere otro significado. Ya no se trata solamente del policía que vigila una calle o atiende un llamado. Es la mano que ayuda a salir de una zona de riesgo, la voz que pide conservar la calma y el rescatista que continúa buscando cuando alrededor parece quedar solamente destrucción.
La tragedia también ha permitido ver una Colombia solidaria. Organismos de socorro, Fuerzas Militares, autoridades, personal médico, voluntarios y ciudadanos han trabajado alrededor de un mismo propósito. En ese enorme esfuerzo colectivo, PONALSAR ha puesto experiencia y capacidad para responder en los escenarios más difíciles.
Seguramente, cuando la emergencia termine, muchos de estos policías regresarán a casa sin esperar reconocimientos. Guardarán sus equipos, limpiarán el polvo de sus botas y abrazarán a sus familias. Pero quedarán historias que difícilmente podrán olvidar: rostros, agradecimientos, silencios y momentos en los que unos pocos segundos hicieron toda la diferencia.
Porque cuando la tierra dejó a Colombia llena de incertidumbre aquel 10 de agosto, ellos decidieron mantenerse firmes. Mientras unos buscaban ponerse a salvo, los policías de PONALSAR entraron donde estaba el peligro. Y desde entonces, entre ruinas y esperanza, han recordado que salvar una vida también es una de las formas más grandes de servir a la patria.

