Por David Awad V.
Corría la década de los setenta cuando desde la planificación tecnocrática estatal se dibujó una ilusión sobre el papel. A través de esquemas como el Sistema Integral de Planificación Urbano Regional (SIPUR), se proyectó la naciente «Ciudad Magdalena», un ambicioso plan d

e expansión industrial asentado en la margen oriental del río Magdalena, justo al frente de Barranquilla.
La idea era clara: aprovechar la arteria fluvial y la Troncal del Caribe para erigir un polo de desarrollo marítimo y portuario que complementara a la gran metrópolis del Caribe colombiano. Sin embargo, la génesis real de Palermo distó mucho de los planos de escritorio.
Nacido verdaderamente del impulso informal de vendedores ambulantes, casuchas improvisadas para guarecerse del clima y viajeros que aguardaban el legendario paso del ferry «La Marchena» para cruzar hacia el Atlántico, el caserío fue echando raíces a orillas de la carretera. Para 1974, lo que inició con apenas 25 viviendas mutó rápidamente en una ocupación acelerada: más de un centenar de tugurios y cercas informales comenzaron a devorar los predios rurales.
Un contraste hiriente: opulencia empresarial vs. miseria absoluta
Transcurridas las décadas, la profecía industrial en parte se cumplió. Hoy, justo en el punto donde el río entrega sus aguas al mar Caribe, se levanta un complejo puerto marítimo-fluvial e importantes industrias que mueven diariamente cifras astronómicas de dinero. Pero a la sombra de esa bonanza corporativa, la realidad social de sus habitantes es un desgarrador monumento al olvido.

Un recorrido reciente realizado barrio a barrio por la Fundación Cultura Caribe dejó al descubierto el verdadero rostro de Palermo: un territorio sin red de alcantarillado donde las aguas servidas corren por calles de barro intransitable, e inmuebles sumergidos en la miseria donde las familias duermen sobre trapos y cartones, a la espera del sustento que traiga el «rebusque» diario.
«Este es mi desayuno»: el rostro del olvido en una casita de tablas
En el sector conocido como ‘Tablitas’, la emergencia invernal y la falta de infraestructura muestran su lado más humano y doloroso. Entre paredes de madera y un piso inundado donde hay que caminar sobre ladrillos puestos como escalones para no mojarse los pies, vive la señora Nohemí, una mujer de aproximadamente 70 años y víctima del desplazamiento forzado en Colombia.

«Muchachos, no se vayan, vengan entren, no me ignoren», les dijo Nohemí a los miembros del equipo interdisciplinario que recorría la zona.
Al ingresar a la humilde morada, la escena cortó el aliento de los visitantes: sentada sobre unas viejas cajas de cerveza, la mujer sostenía en una mano un recipiente de plástico con apenas unos pasabocas de «chitos» y en la otra una totuma con un sorbo de tinto. «Este es mi desayuno», remató la anciana.
El drama que interpela al país

La cruda postal de Palermo evidencia la fractura de un modelo de desarrollo que prioriza la infraestructura económica mientras da la espalda a las necesidades básicas de la población. Resulta inaceptable que en una nación próspera en recursos, con costas en dos océanos y megaobras multimillonarias a pocos metros, las comunidades sigan atrapadas en la trampa del hambre, la falta de servicios públicos y la injusticia social.


