A semanas de dejar el poder, el mandatario colombiano abre un frente diplomático con la Italia de Meloni por supuestos desaires protocolarios, buscando refugio político en los pasillos del Vaticano.
Gustavo Petro ha decidido que los últimos compases de su gobierno se ejecuten bajo la misma partitura que marcó todo su cuatrienio: la confrontación ideológica global, la narrativa del mártir político y la diplomacia de micrófono. Su llegada a Roma este lunes, en la antesala de su última gran gira internacional antes de entregar la banda presidencial el próximo 7 de agosto, no fue la transición protocolaria y tersa que se esperaría de un jefe de Estado saliente. Por el contrario, se transformó de inmediato en un ring de boxeo digital contra el gobierno italiano de la primera ministra Giorgia Meloni.
El detonante fue el asfalto del aeropuerto Leonardo da Vinci. Al descender del avión presidencial, Petro no encontró una alfombra roja extendida por ministros locales, sino el frío saludo técnico del comandante de la Fuerza Aérea italiana y la comitiva de sus propios escuderos diplomáticos. Para un mandatario que ha construido su identidad política sobre el peso de los símbolos, la ausencia del Ejecutivo italiano no fue un descuido burocrático, sino una afrenta deliberada.
A través de un extenso manifiesto en su trinchera habitual de la red social X, Petro hiló una narrativa donde mezcló su pasado como preso político, la ópera de Giuseppe Verdi y la geopolítica contemporánea. Según su lectura, el vacío en la pista de aterrizaje es el cobro que la «extrema derecha» europea —encarnada por Meloni— le hace por sus ácidas posturas frente al conflicto en Gaza y por el triunfo de las corrientes de oposición en las recientes elecciones colombianas. Petro se autodefinió, una vez más, como un proscrito internacional bloqueado por denunciar lo que considera un genocidio.
Del frío de la península a la calidez de la Santa Sede
Este calculado choque con el Palacio Chigi (sede del gobierno italiano) contrasta drásticamente con la verdadera razón de su viaje: el blindaje espiritual y político que busca en la Ciudad del Vaticano. Al presidente colombiano le queda poco tiempo en el Palacio de Nariño, y parece entender que la posteridad de su legado de «Paz Total» y justicia climática se teje mejor bajo los frescos de la Capilla Sixtina que en los debates locales de Bogotá.
La agenda terrenal del mandatario estará marcada por el activismo social, destacando un encuentro con el sacerdote Luigi Ciotti, el célebre fundador de la organización Libera, un referente en la lucha contra la corrupción y las redes mafiosas. Asimismo, Petro medirá fuerzas diplomáticas con la experimentada burocracia de la Santa Sede al reunirse con el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, y monseñor Paul Richard Gallagher.
Sin embargo, el clímax de este epílogo presidencial ocurrirá el próximo jueves 2 de julio. En una audiencia privada con el papa León XIV, Petro buscará el espaldarazo definitivo a sus banderas más ambiciosas: la reforma agraria, la justicia social y la protección ambiental. Será un encuentro de alto simbolismo; el jefe de Estado colombiano intentará que la voz del Sumo Pontífice valide, ante los ojos de la historia, un proyecto político que en casa se despide entre intensas polarizaciones. Roma, con sus tensiones y su mística, es el escenario perfecto para un presidente que se resiste a salir de escena en silencio.

