Las recientes elecciones del pasado 8 de marzo han dejado un mensaje contundente para los políticos tradicionales: la estrategia basada únicamente en la influencia de creadores de contenido o “influencers” no garantiza resultados electorales. La efectividad de estas figuras, muchas con millones de seguidores, no se tradujo en votos; por el contrario, se evidenció que su popularidad en redes no sustituye la presencia directa y la credibilidad que los medios de comunicación tradicionales han construido a lo largo de los años.
Muchos políticos, confiados en que los influencers asegurarían un caudal de votos, terminaron desaprovechando recursos significativos. En términos coloquiales, esa inversión terminó “en Puerto Mocho”: ahogada en las urnas y sin impacto real sobre los electores. Esto demuestra que la viralidad en redes sociales, el humor o el chisme digital, aunque generan atención, no sustituyen el contacto directo con la ciudadanía ni la exposición seria de propuestas políticas.
El llamado es claro: los jefes de medios y estrategas políticos deben replantear sus tácticas. La publicidad y las campañas deben volver a considerar la relevancia de los medios radiales, televisivos e impresos, que siguen siendo canales efectivos para interactuar directamente con los votantes, generar debate y garantizar que los mensajes políticos lleguen de manera clara, responsable y creíble. Ignorar esta realidad es quedarse fuera del escenario político, perdiendo vigencia y presencia frente a la ciudadanía.
La lección del 8 de marzo es inequívoca: la influencia digital es complementaria, pero la base de la comunicación política sigue siendo la conexión directa y confiable con los electores.
Los medios tradiconales siempre han llegado a millones de personas de todsas las edades, con veracidad, sin complicaciones de manejo de redes y de manera directa

