El sol de la tarde caía sin novedad sobre la Terminal de Transportes de Santa Marta. A esa hora, la rutina es predecible: buses que van y vienen, viajeros apurados, vendedores ambulantes voceando productos, y familias cargando equipaje y esperanza. Pero este 28 de agosto, la escena cambió de golpe.
Un taxi amarillo se detuvo frente a una de las entradas. De él bajó un hombre acompañado por varias mujeres. No alcanzó a dar tres pasos. De la nada, aparecieron los sicarios. Silencio de segundos, luego las detonaciones: disparos certeros, sin aviso. Y el caos.
El cuerpo del hombre quedó tendido junto a su maleta. Las mujeres que lo acompañaban —al parecer familiares— se arrojaron sobre él entre llantos y gritos. Pero fue una frase la que encendió las alarmas y, sobre todo, los rumores:
“¡Por decirle a la puta de Yanelis lo mataron!”, gritó una de ellas, desgarrando el aire con la furia de quien mezcla dolor, miedo y rabia.
Esa frase lo cambió todo. Porque el crimen, que ya de por sí era violento, empezó a tener nombre, sospecha, traición.

Un hombre con cuentas pendientes
El asesinado, según las autoridades, no era un ciudadano cualquiera. Su prontuario incluía robos, sicariatos y vínculos con redes criminales locales. De hecho, ya había sobrevivido a un atentado años atrás. Estaba en la mira de la Policía y de la Interpol, según fuentes judiciales. Su historia era de las que no tienen final feliz.
Su muerte, sin embargo, no fue un simple ajuste de cuentas. Fue pública, simbólica y cargada de un mensaje: nadie se salva, ni siquiera en un lugar tan concurrido como la terminal de transportes de una capital turística.
¿Quién es Yanelis?
Desde que el nombre salió de boca de las mujeres, Yanelis se volvió la protagonista invisible de este drama. ¿Quién es? ¿Qué sabe? ¿Qué papel jugó? La Fiscalía y la Sijín ahora siguen esa pista con lupa. Algunos creen que podría tratarse de una expareja. Otros apuntan a una informante. Todos especulan, nadie confirma.
Lo cierto es que en el bajo mundo, un nombre mal dicho, un mensaje enviado al número equivocado o una traición mínima, puede costar la vida.
Santa Marta entre el turismo y el plomo
Este nuevo homicidio vuelve a sacudir a Santa Marta, ciudad donde la violencia no ha pedido permiso para mezclarse con las playas y el turismo. La terminal de transportes, punto de llegada y despedida de miles, se convierte también en escenario de sangre.
La pregunta sigue en el aire: ¿cuántos más deben caer antes de que algo cambie?