La historia de ‘Sanandresana’, el canto de Octavio Daza que Diomedes Díaz hizo eterno

Una hermosa morena, el mar de San Andrés y las leyendas del pirata Morgan inspiraron al compositor guajiro en 1979. La canción ganó un concurso y ese mismo año llegó a la voz de Diomedes Díaz.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Octavio Daza tenía una costumbre que terminó siendo una bendición para el vallenato: donde los demás veían un paisaje, él encontraba una canción. Le ocurrió con el río Badillo y volvió a sucederle cuando el destino lo llevó en 1979 hasta San Andrés. En medio del mar, las palmeras y las viejas historias de piratas, sus ojos se detuvieron en una hermosa mujer morena de la isla. No imaginaba entonces que aquel encuentro terminaría convertido en ‘Sanandresana’, una de esas canciones que sobrevivieron a su creador y que Diomedes Díaz, acompañado por Nicolás ‘Colacho’ Mendoza, se encargaría de sembrar para siempre en la memoria de los amantes del vallenato.

La historia había comenzado lejos de aquella isla. Octavio de Jesús Daza Daza nació el 15 de abril de 1948 en San Juan del Cesar, La Guajira, hijo de Samuel Francisco ‘Chame’ Daza y Palmina de Jesús Daza. Cuando apenas tenía seis años, su familia se trasladó a Patillal. Allí encontró un pueblo donde las historias se contaban debajo de los árboles, las noticias viajaban de casa en casa y cualquier amor, tristeza o despedida podía amanecer convertido en versos. Patillal terminó adoptándolo y él aprendió a querer aquella tierra hasta hacerla parte de su manera de componer.

Octavio estudió bachillerato en el colegio Cristo Rey de Bucaramanga y posteriormente Ingeniería Civil en la Universidad Santo Tomás de Bogotá. Pero los números nunca consiguieron quitarle espacio a los versos. Podía ocuparse de cálculos y planos durante el día y regresar después a la guitarra para medir otras distancias: las que existen entre un hombre y una mujer, entre una ausencia y un recuerdo. En ese territorio sentimental comenzó a construir una obra que después interpretarían grandes voces del vallenato. En 1978 alcanzó uno de sus mayores triunfos cuando ‘Río Badillo’ ganó el concurso de canción inédita del Festival de la Leyenda Vallenata. Octavio había conseguido algo hermoso: poner a cantar un río.

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Un año después cambió las aguas del Badillo por las del Caribe. Era abril de 1979 cuando llegó a San Andrés en medio del Primer Encuentro de Acordeones. El compositor encontró una isla distinta a los paisajes de su infancia: el mar extendido hasta perderse de vista, las palmeras sacudidas por la brisa, noches iluminadas y relatos de corsarios que todavía parecían caminar entre los recuerdos de los isleños. Pero entre todo aquello hubo algo —o mejor, alguien— que terminó ganándole al paisaje: una bella mujer sanandresana. Las fuentes que reconstruyen la historia hablan de una hermosa morena. Su identidad, sin embargo, continúa siendo un misterio.

Debió bastarle una mirada para que comenzara a trabajar la imaginación del compositor. No sabemos dónde ocurrió exactamente el encuentro, qué palabras cruzaron ni cuánto tiempo estuvieron juntos. Lo que sí quedó fue la canción. Octavio tomó aquella mujer y comenzó a rodearla de todo cuanto había encontrado en la isla: luna, estrellas, luciérnagas, palmeras, aves, viento y mar. Así nació una obra que inicialmente tituló ‘Bella sanandresana’. La presentó al concurso de aquel encuentro de acordeones y terminó obteniendo el primer lugar. Otra vez Octavio había conseguido convertir una geografía en sentimiento.

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Entre sus versos apareció además un visitante inesperado: el pirata Henry Morgan. Su figura hacía parte desde hacía siglos de las historias asociadas al archipiélago, con relatos de expediciones, riquezas y tesoros escondidos. Octavio encontró allí una comparación perfecta para su aventura sentimental. Morgan había llegado buscando tesoros; él también había llegado desde tierras lejanas y había encontrado uno. Solo que el suyo no estaba enterrado en una cueva ni guardado dentro de un cofre: caminaba por San Andrés y tenía figura de mujer. El viejo pirata terminó así metido, varios siglos después, en una canción vallenata de amor.

Esa es precisamente una de las bellezas de Sanandresana: la isla no sirve únicamente como escenario. La isla participa de la historia. La luna observa, las estrellas acompañan, la brisa mueve las palmeras y la naturaleza parece enterarse de que hay dos enamorados intentando aprovechar la noche antes de que llegue el amanecer. Octavio Daza consiguió unir dos Caribes en una sola composición: el Caribe continental de Patillal, las guitarras y las parrandas, con el Caribe insular de San Andrés, sus palmeras, sus leyendas y su mar. En medio de los dos puso a una mujer.

Después del triunfo llegó otro encuentro decisivo. Ese mismo 1979, Diomedes Díaz y Nicolás ‘Colacho’ Mendoza grababan el álbum Los Profesionales. La obra de Octavio entró en aquel repertorio, aunque perdió una palabra de su título original: Bella sanandresana pasó a llamarse simplemente ‘Sanandresana’. Diomedes tenía entonces esa capacidad extraordinaria de apropiarse sentimentalmente de las historias de otros compositores. Cuando cantaba una pena ajena parecía que la hubiera sufrido y cuando interpretaba un enamoramiento ajeno daba la impresión de haber conocido personalmente a la mujer que lo había provocado.

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Con la voz de Diomedes y el acordeón de Colacho ocurrió el milagro que todo compositor espera. Aquella muchacha salió de la isla sin montarse jamás en un avión. Viajó hasta Valledupar, entró en las emisoras, llegó a las cantinas y comenzó a colarse en las parrandas. Hombres que nunca habían conocido San Andrés empezaron a dedicar la canción; mujeres que jamás habían visto aquel mar se convirtieron por unos minutos en la protagonista. La sanandresana dejó entonces de pertenecer únicamente a Octavio Daza. Se volvió la mujer que cada enamorado quisiera encontrar alguna noche debajo de una luna caribeña.

Y allí permanece la pregunta que ha sobrevivido tantos años como la canción: ¿quién fue aquella mujer? Las fuentes consultadas hablan de una bella mujer de la isla y de una morena sanandresana que cautivó al compositor, pero no permiten establecer con certeza su nombre. Quizás alguna familia isleña conozca la historia completa. Tal vez exista una fotografía guardada en un álbum que nadie ha relacionado todavía con la canción. O puede que Octavio conociera perfectamente el valor de los secretos y decidiera dejarla escondida entre sus versos. Lo cierto es que la mujer perdió su nombre, pero ganó algo mucho más difícil: no envejecer.

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Octavio tampoco alcanzó a ver todo el camino que recorrería su obra. El 12 de enero de 1980 fue asesinado en Barranquilla, apenas nueve meses después de cumplir 31 años y poco tiempo después de la grabación de Sanandresana. El vallenato perdía demasiado pronto al autor de canciones como Río Badillo, Nido de amor, Dime pajarito, La tierra tiene sed y Sanandresana. Se marchaba el ingeniero que construía con números para vivir, pero que cuando agarraba la guitarra levantaba otra clase de obras: esas que no necesitan cemento porque se sostienen sobre los recuerdos.

Han pasado los años y el misterio continúa frente al mismo mar. Octavio Daza murió, después partieron Colacho Mendoza y Diomedes Díaz, pero la sanandresana sigue joven. Basta escuchar nuevamente la canción para que vuelva aquel abril de 1979: Morgan sale de alguna vieja leyenda buscando sus riquezas, las palmeras se sacuden, aparece la luna y una hermosa morena vuelve a caminar por la isla. Quizás Octavio nunca consiguió llevársela para su tierra como soñaba el enamorado de su canto. Al final hizo algo mejor: se llevó su recuerdo y lo convirtió en canción. Y mientras alguien vuelva a escuchar ‘Sanandresana’, aquella mujer seguirá caminando, eternamente joven, por las noches de San Andrés.

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