La Cazafortuna: la picardía de Romualdo Brito que Joaco Pertuz convirtió en canto

Por: Emilio Gutiérrez Yance

En el Caribe una mentira bien echada puede durar lo que dura una cerveza fría sobre una mesa de cantina; pero si la mentira encuentra compositor, cantante y acordeón, puede durar toda la vida. Eso ocurrió con “La Cazafortuna”, aquella historia que salió de la pluma del inolvidable Romualdo Brito, encontró garganta en Joaco Pertuz y se dejó acompañar por el acordeón de Horacio Escorcia. Para armarla no hicieron falta muertos, despedidas ni amores imposibles. Bastaron una mujer bonita, un hombre sin cinco centavos y una fortuna tan grande como inexistente.

Romualdo abrió su historia como quien abre las puertas de un salón de baile. Había fiesta, gente bien vestida y una muchacha que llevaba vestido de seda y collar. Entre tanta gente divisó a un hombre y comenzó a tantear el terreno. Primero quiso saber quién era. Después vino la pregunta disfrazada de halago: creyó que era doctor. El hombre le respondió que apenas sabía leer, pero no se quedó ahí. Como buen personaje salido de la malicia de estas tierras, le soltó que tenía dos carros, casa y bastante ganado. ¡Ajá! Ahí cambió la cosa.

La muchacha empezó a mirar distinto. Y el hombre, que ya había entendido por dónde soplaba la brisa, decidió dejarla soplar. Ella hacía cuentas con una plata ajena que ni siquiera existía y él levantaba, palabra por palabra, una hacienda imaginaria. Esa es la sabrosura que Romualdo Brito supo meterle al canto: la mujer pensaba que estaba cazando una fortuna, pero el supuesto rico ya se había dado cuenta de todo y estaba, sin que ella lo supiera, cazando a la cazadora.

Después llegó diciembre. Y diciembre en el Caribe siempre ha sido peligroso para los corazones: aparecen las fiestas, las parrandas se alargan, el acordeón amanece abierto y hasta el más desconfiado termina creyendo una promesa. En ese ambiente avanzó el romance. Ella seguramente veía potreros donde no había sino monte, corrales donde no existían sino cuentos y reses que únicamente pastaban en la imaginación de aquel hombre. Mientras tanto, él seguía sosteniendo la mentira con esa seriedad que tienen los embusteros cuando descubren que alguien les está creyendo.

Pero toda mentira tiene un momento en que se encuentra con la verdad. La muchacha quiso conocer la tierra de su enamorado. Ya no bastaban palabras. Quería ver la finca, caminar por los potreros y comprobar personalmente dónde estaban aquellos animales que probablemente llevaba rato contando sin haberlos visto. Fue entonces cuando la hacienda se vino abajo sin necesidad de invierno: no había finca, no había corrales y tampoco había ganado. Para completar la desgracia, hasta el carro en que andaba el supuesto potentado tenía que devolverlo porque era prestado.

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Cualquier compositor habría terminado el cuento con una mujer furiosa y un hombre huyendo. Romualdo Brito no. Ahí aparece la mano del narrador popular. La mujer descubre que aquel hombre era más pobre de lo que había imaginado, pero no sale corriendo. Sonríe. Acepta la derrota y reconoce que la experiencia no se le olvidaría fácilmente. Había salido detrás de un hombre con fortuna y terminó sorprendida por un personaje que no tenía ganado ni finca, pero sí una riqueza que en el Caribe también ha servido para conquistar: la palabra y la malicia.

De allí salió aquel “negrito corroncho” que terminó convertido en una de las imágenes más recordadas del canto. Y decir corroncho en esta historia no es solamente hablar del hombre provinciano. Es imaginar al tipo sencillo, sin títulos ni poses, criado entre pueblos calientes donde todavía se conversa sentado en la puerta de la casa y donde un hombre puede llegar sin un peso en el bolsillo, pero cargando tres cuentos, cuatro ocurrencias y suficiente labia para quedarse hasta el amanecer. Frente a él, la cazafortuna encontró algo para lo cual no había hecho cuentas.

La composición pertenece a Romualdo Brito, hombre que entendió como pocos que el vallenato también podía reírse de nosotros mismos. La interpretación quedó unida a Joaco Pertuz y Horacio Escorcia, cantante y acordeonero que encontraron en aquella historia el tono que necesitaba. Pertuz no tenía que sobreactuarla: había que cantarla como se echa un cuento entre amigos. Y el acordeón de Escorcia debía hacer lo mismo: caminar detrás de la narración, contestarle a la voz y dejar que la picardía hiciera el resto. Así, más que una canción romántica, quedó una pequeña comedia costeña metida entre caja, guacharaca y acordeón.

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Todavía queda una deuda con la memoria de “La Cazafortuna”. No está suficientemente documentado quién fue aquella mujer, si realmente existió, si Romualdo Brito la conoció en una fiesta, si la historia le ocurrió a un amigo o si simplemente nació de esa imaginación prodigiosa que tenían los compositores para recoger tres palabras escuchadas en una esquina y convertirlas en canción. Tampoco conviene ponerle fecha y lugar a lo que los archivos disponibles no permiten demostrar. En el vallenato abundan las historias que durante años viajaron de boca en boca hasta que nadie pudo separar completamente la verdad de la leyenda.

Y tal vez allí esté la belleza del cuento. En algún lugar quedó perdida la identidad de aquella mujer y también se desvanecieron los carros, la casa y las reses que jamás existieron. Lo único que sobrevivió fue la canción. Romualdo Brito puso la picardía, Joaco Pertuz le puso la voz y Horacio Escorcia abrió el acordeón. Desde entonces, cuando vuelve a sonar La Cazafortuna, uno casi puede verla entrando nuevamente a aquella fiesta, mirando de arriba abajo al desconocido y preguntándose cuánto tendrá. Lo que ella todavía no sabe es que enfrente no tiene un hacendado. Tiene algo mucho más peligroso: un caribeño sin plata, con carro prestado y un cuento tan bueno que terminó viviendo para siempre dentro de un vallenato.

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