Las reinas que fueron coronadas por un acordeón

En vísperas de las fiestas novembrinas de Cartagena de Indias, volvemos sobre las historias de aquellas mujeres que encontraron una segunda corona en la música. De Lucho Bermúdez y Andrés Landero a Beto Murgas, Rafael Orozco, los Zuleta y Diomedes Díaz, hubo reinas cuyo mandato no terminó al entregar el cetro.

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Noviembre vuelve a asomarse por los balcones de Cartagena de Indias. Llegan las brisas, despiertan los tambores y la ciudad comienza otra vez a hablar de reinas. Pero hubo un tiempo en que las coronas no solamente se entregaban sobre una tarima. Algunas tenían teclas blancas y negras, respiraban por el fuelle de un acordeón y podían durar toda la vida. En el Caribe bastaba que un compositor quedara deslumbrado por una mujer para que una canción hiciera el resto.

Durante décadas, Cartagena fue el gran palacio de aquel encuentro entre belleza y música. Llegaban candidatas de todos los rincones de Colombia con una banda departamental cruzándoles el pecho, mientras fotógrafos, músicos y curiosos perseguían sus pasos. Los jurados escogían a la Señorita Colombia; los compositores hacían otro reinado. Allí no había puntajes ni coronación. Algunas muchachas regresaban sin cetro, pero se llevaban algo que podía durar mucho más que doce meses: una canción.

Una de aquellas historias comenzó con Doris Gil Santamaría, representante de Antioquia y Señorita Colombia de 1957, a quien Lucho Bermúdez dedicó “Doris”. Después llegó Martha Ligia Restrepo, la barranquillera coronada en 1962. Rafael Mejía Romaní contempló la bahía de Santa Marta, pensó en aquella mujer y mezcló las dos imágenes hasta convertirlas en “Cumbia sobre el mar”. Martha Ligia dejó de ser solamente una reina de concurso: quedó navegando para siempre entre cumbiambas, estrellas y olas.

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Desde San Jacinto también llegó un acordeón buscando soberana. Andrés Landero, aquel hombre que parecía sacarle conversaciones al monte cuando abría el fuelle, le cantó a Martha Cecilia Calero Córdoba, representante del Valle y Señorita Colombia de 1964. Así nació “Martha Cecilia”. Landero la sacó de los salones elegantes y la llevó a su territorio de gaitas, cumbias y caminos polvorientos. La corona terminó guardada; la canción siguió caminando.

En 1981, Alberto “Beto” Murgas convirtió aquella peregrinación de músicos hacia Cartagena en un paseo vallenato. Rafael Orozco lo cantó e Israel Romero puso el acordeón. Se llamó “Mi cartagenera” y comienza con una fecha que parece una cita escrita en el calendario del amor: “El once me voy para Cartagena”. La mujer de la historia se había marchado sola a concursar y el enamorado decidió seguir sus huellas. No quería esperar el fallo de ningún jurado: en su corazón ya estaba coronada.

La escena cabe completa dentro de un vallenato: Cartagena llena de candidatas, el mar golpeando las murallas y Rafael Orozco cantándole a una mujer que desfila frente al jurado. La canción termina jugando incluso con el sueño y la realidad: la reina conquista a su pueblo y el enamorado despierta para encontrarla a su lado. El reinado podía terminar; aquel paseo de Beto Murgas, no.

Más de cuatro décadas después, cada vez que Rafael anuncia que el once se marcha para Cartagena, el viaje vuelve a comenzar.
Once años después, Diomedes Díaz levantó su propio palacio musical. En “La reina de Cartagena”, grabada con Emiliano Zuleta, el Cacique reunió a la India Catalina, a Susana Caldas —la cartagenera que había sido Señorita Colombia en 1983— y a una mujer llamada Cristina. Después convocó, como si estuviera organizando una parranda imposible, al Hotel Caribe, Pedro de Heredia, Blas de Lezo, Rafael Escalona, Alejandro Obregón y García Márquez. Cartagena entera terminó metida dentro de la canción.

¿Quién era Cristina? La memoria vallenata conserva versiones, pero no una respuesta documental suficientemente firme para cerrar el misterio. Quizá eso haga todavía más hermosa la historia. Diomedes no necesitó ponerle apellido para coronarla: le bastó convertirla en “La reina de Cartagena”. Y mientras las verdaderas candidatas necesitaban votos y jurados, aquella mujer obtuvo un privilegio distinto: quedó viviendo entre las murallas cada vez que vuelve a sonar la voz del Cacique.

Pero el vallenato hizo después algo todavía más grande: sacó a la reina del concurso. Ya no necesitaba banda departamental, pasarela ni desfile. Podía ser una muchacha de Valledupar, Villanueva, San Juan del Cesar o de cualquier pueblo donde un hombre enamorado supiera juntar versos. De esa manera nació otra monarquía, una sentimental, donde el cetro era la palabra y el corazón del compositor servía de reino. Por eso Hernán Urbina Joiro escribió “Tú eres la reina” y Diomedes Díaz terminó convirtiéndola en una de las grandes declaraciones amorosas del vallenato.

También apareció “Mi reina”, composición de Félix Carrillo Hinojosa, interpretada por Poncho Zuleta, Diomedes Díaz y Beto Zabaleta con el acordeón de Goyo Oviedo. Tres voces enormes reunidas alrededor de una misma soberana. Y Poncho dejó al comienzo una frase que parece resumir esta historia completa: “Aquí está una reina, rodeada de reinas”. El vallenato había terminado inventando su propio concurso: podían existir cien mujeres hermosas alrededor, pero el corazón siempre escogía una.

Años después, la historia volvió literalmente al reinado con “La Reina de Corazón”, nacida alrededor de María Laura Quintero cuando representó al Cesar en Cartagena. Entonces la figura de la reina adquirió otra ternura: ya no era solamente la mujer pretendida por un enamorado, sino la hija contemplada desde el orgullo de un padre. Y allí se entiende por qué la palabra reina encontró casa dentro de la música del Caribe: aquí al amigo se le vuelve hermano, al pueblo se le proclama el más bonito del mundo y a la mujer querida se le entrega un reino.

Ahora que noviembre vuelve a tocar las puertas de Cartagena, algunas fotografías de aquellos concursos comienzan a ponerse amarillas. Se guardarán nuevamente las carrozas, se apagarán las tarimas y otra soberana tendrá que entregar algún día su corona. Pero en una casa del Caribe alguien pondrá “Cumbia sobre el mar”, “Martha Cecilia”, “Mi cartagenera”, “La reina de Cartagena”, “Tú eres la reina” o “Mi reina”, y un acordeón volverá a pronunciar el nombre de una mujer. Entonces comenzará otra vez el único reinado que no conoce fecha de vencimiento: las reinas de los concursos entregan la corona; las coronadas por una canción siguen reinando mientras alguien las recuerde.

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